Luis Eduardo Martinez Hidalgo 

Sube en volumen la gritería de los guerreristas.

La reciente gira del Secretario Pompeo por Brasil, Colombia, Guyana y Surinam, la publicación del informe de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidos, distintas declaraciones altisonantes afuera y adentro junto al ritornello en redes de los que demandan una intervención extranjera para Venezuela, casi todos desde la seguridad que da el encontrarse lejos del país, calienta la imaginación de algunos que afirman que la salida posible para la grave situación que enfrentamos es la armada.

Personalmente no creo que, en el corto plazo, el único que tiene la capacidad de sumergirnos en un mar de sangre y muerte se decida a dar la orden porque restando solo unas pocas semanas para una elección que enfrenta con mucho en contra, los riesgos a empantanarse son muy altos y los venezolanos que votan en Florida son tan pocos que no justifican una aventura para la cual tuvo tiempo pero no bríos.

Sin embargo, los radicales de bando y bando continúan atizando odios ignorando de mala fe o estupidez, las terribles consecuencias de invocar demonios que desatados nadie sabe cuánto mal pueden ocasionar.

Tratando de entender que mueve a pueblos civilizados a confrontaciones fratricidas que terminan saldándose con millones, si millones, de vidas perdidas leo el fin de semana “La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir?” de Julián Marías.

Marías, discípulo de Ortega y Gasset, describe la Guerra Civil española de 1936 como “una ola de odio y criminalidad” que se explica como “consecuencia de una ingente frivolidad” de muchos que se empeñaron en promover irresponsablemente la violencia sin medir las consecuencias; incapacidad de considerar la capacidad de respuesta de la parte contraria; pereza para pensar y procurar soluciones tomando en cuenta a los otros; irrespeto por las convicciones de los demás donde solo era aceptable lo propio; egoísmo y sectarismo con la consecuente división en buenos y malos. Finalmente la locura que dominó a todos por igual.

Interrogándose si los políticos, los partidos, la gente, quería que las diferencias se resolvieron en guerra civil, Marías se responde: “Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces, ¿cómo fue posible? Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al otro con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario). Se dirá que esto es una locura…Efectivamente, lo era (y no faltaron los que se dieron cuenta entonces, y a pesar de mi mucha juventud, puedo contarme en su número). Si trasladamos esto a la vida colectiva, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica” para agregar “Llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición”.

¿Qué tanto se parece a lo que experimentamos hoy en esta tierra de gracia?

Lo que allá empezó como lucha por el poder, o si se prefiere sublimarlo por imponer la visión en la cual se creía, terminó en mutua destrucción. Historiadores coinciden que fue el asesinato del diputado Calvo Sotelo el que precipitó a España a la conflagración. Lo que pocos destacan es que entre el mas de un millón de hombres, mujeres y niños que perecieron en la contienda, 149 eran diputados: 77 de izquierdas y 72 de derechas y si el primero fue el derechista Calvo el ultimo que cayó lo fue izquierdista, Julián Zugazagoitia para que al final un oscuro general, Francisco Franco, reinara por 37 años en una nación desgarrada.

¿Creeen los que atizan el conflicto que saldrán inmunes de una tragedia que aún podemos evitar? ¿Qué entre ellos o los suyos no habrá cadáveres sobre los cuales llorar? ¿Qué en el lenguaje de los estados mayores no existirán daños colaterales y una bomba extraviada convertir en pedazos a sus hijos o a sus nietos?

Las Cortes españolas se constituyeron en los tempranos años 30 en la olla donde hirvieron las pasiones hasta estallar la guerra “incivil”; buena parte de sus diputados ya lo vimos pagaron con su existencia la incapacidad de entenderse. Dios quiera que mañana alguien no tenga que contar los nuestros.

Y los que piensen que estas cosas aquí no pueden ocurrir, repasen la historia de la guerra federal.

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