ÚN | Rosa Raydán | Febrero 16, 2020

El 4 de febrero de 1946 a las 5:00 de la tarde partió de Mérida la expedición de los tres hermanos Carrillo hacia el pico Bolívar. Llevaban un equipamiento rudimentario de mecates de hamaca y bolsas de dormir hechas con cobijas domésticas y papel de periódico. Antes de salir de la ciudad pasaron por donde el párroco buscando la bendición para lo que les esperaba. También a despedirse de sus compañeros del Club Excursionista de Mérida, donde se habían instituido dos bandos: los que confiaban en el éxito del viaje y los que estaba seguros de su fracaso. Toda la atención estaba puesta en Blanca Josefina, una de las aventureras, quien si lograba coronar la cumbre se convertiría en la primera mujer venezolana en pisar la montaña más alta del país.

La joven, que entonces tenía 22 años, se había embarcado en el proyecto junto a sus hermanos Leopoldo y Juan Vicente. El objetivo no era nada convencional para estricta sociedad venezolana de mediados del siglo XX, cuando las mujeres no tenían siquiera derecho pleno al sufragio; empero, Blanca Josefina estaba clara que si lograba llegar a la cima abriría camino y quedaría inscrita en la historia, donde pocas veces las mujeres son mencionadas con nombre y apellido.

“Yo me siento muy orgullosa y satisfecha, toda la emoción que una pueda sentir, de haber sido la primera mujer venezolana que escaló el Bolívar, de haber acometido esa hazaña. Los hijos y los nietos me cogían las fotografías y se las llevaban al colegio, de eso yo me siento orgullosa”, contaba Blanca Josefina a sus 72 años, recordando una experiencia que la marcó para siempre.

Inspirada por “La Reina de Los Andes”

La historia de cómo Blanca Josefina Carrillo se convirtió en la primera venezolana en subir al Pico Bolívar tiene poco que ver con sus orígenes y mucho con su carácter y su obstinada determinación. La experiencia fue un impulso contundente a la práctica deportiva femenina en el país, y a pesar de que su hazaña no esté presente en los libros de historia, su ascenso al Bolívar marcó un antes y un después del andinismo venezolano porque rompió los prejuicios asociados a la condición femenina y los estereotipos con respecto a su resistencia física.

Su familia era andina pero Blanca Josefina y sus dos hermanos, Leopoldo y Juan Vicente, nacieron circunstancialmente en Tucupita, hoy estado Delta Amacuro. Su padre era funcionario del gobierno de Juan Vicente Gómez y había sido asignado a una responsabilidad en esa región del país, que para entonces era un territorio federal. Allí vio la luz la niña, el 4 de marzo de 1924. Diez años después la familia, ya aumentada, retornó a Mérida y allí el trío de los Carrillo comenzó a fantasear con la nieve de la Sierra Nevada.

En 1945, admirando la proeza de Luis Enrique Bourgoin y Domingo Peña, primeros excursionistas en coronar el Pico Bolívar, los dos varones se unieron al Club Excursionista de Mérida, donde convergían entusiastas del andinismo. Blanca Josefina también asistía a los encuentros, ella igual de apasionada por la montaña y la aventura, pero más bien inspirada en otro personaje: la suiza Dorly de Marmillord, conocida como “La Reina de Los Andes”.

Marmillord había sido la primera y hasta entonces única mujer en subir al Bolívar, en 1944. Y no solo era conocida por su ascenso a ese pico. En general, la europea bautizó casi todas las cumbres de América Latina. Ella, radicada en Chile desde 1938 junto a su esposo Frederic, un representante farmacéutico también excursionista, tuvo como obsesión llevar al género femenino a las montañas más altas del mundo, y no sólo lo consiguió sino que dejó la vida en eso.

Escaló el volcán Tronador, en Chile; las cumbres El volcán, La paloma y el Nevado Juncal, en los Andes centrales; y montañas de Colombia, México, Perú y Venezuela, donde además del Bolívar también subió a la cumbre Abanico. De casi todas esas expediciones le quedó el mérito de ser la primera mujer en coronar. Marmillord se jactaba de ser una alpinista felizmente convertida en andinista, y en parte ese orgullo radicaba en que en su país no se le permitía disfrutar a plenitud de su particular hobbie. En los años 30, cuando Dorly entró al Club Andino de Chile, en Suiza estaba prohibido el ingreso de las mujeres a este tipo de asociaciones, veto que se levantó apenas en los años 80.

La pareja Marmillord siguió escalando cumbres hasta entrados en edad. En 1978, cuando Dorly tenía 65 años y Frederic 69, perdieron la vida en el Dent d’Herens, entre Suiza e Italia, cuando en el descenso los sorprendió una temperatura de -20 grados centígrados para la que no iban debidamente preparados.

A pedir permiso

Teniendo en mente la proeza de Dorly Marmillord, Blanca Josefina comenzó a hacer vida activa en el Club Excursionista de Mérida, y en la primera oportunidad que tuvo para apuntarse a una excursión al Pico Bolívar, no lo dudó, aunque para concretar el plan debía hacerse de más de una autorización.

El chance surgió cuando la propia agrupación comenzó a promover un concurso nacional de ascenso a la cumbre más alta de los Andes venezolanos. La competición consistía en que, luego de que en una excursión previa habían dejado en el pico estandartes con el escudo de todos los estados del país, convocaban a montañistas de cada entidad para que subieran a rescatar el que les correspondía por su territorio.

Para no tener competencia, los Carrillo decidieron inscribirse por su región natal, Delta Amacuro, donde por su geografía no había precisamente una tradición de práctica del montañismo, así que no estaba previsto que nadie les disputara la representación. Para concretar la participación debían pedir permiso al gobernador del estado, que no solamente lo otorgó, sino que además le proporcionó a Blanca, Juan Vicente y Leopoldo una generosa ayuda para equipos y provisiones de 400 bolívares, que era una pequeña fortuna para la época.

Pero no era ese el mayor obstáculo a superar. El permiso que les quitaba el sueño era el del patriarca de la familia Carrillo, que no veía precisamente con buenos ojos la participación de su hija Blanca Josefina en una actividad a todas luces masculina, y peor aún, que le obligaría a pasar varios días fuera de casa pernoctando con un grupo enteramente de hombres. No sabemos cuál era la opinión de su madre, pero en esa casa el progenitor era quien tomaba las decisiones.

No obstante, la ilusión de la joven estaba patrocinada por sus dos hermanos, quienes de hecho estaban emocionados por acompañar a la primera venezolana que subiría al Pico Bolívar, y con eso entre ceja y ceja ablandaron al viejo. Ellos dos, dando su palabra de que se portarían como los buenos hermanos que eran, lograron convencer a su padre, quien finalmente permitió la expedición de Blanca y hasta se entusiasmó al comprender que se trataba de una “delegación oficial”.

La joven, que no tenía experiencia previa en el ascenso de montañas pero sí era deportista y estaba físicamente a tono, debió hasta mandarse a hacer unos zapatos especiales “tipo hombre” porque para entonces no existían botas con las características que se requerían para el viaje en talla femenina; para mujeres solo habían “zapatos de mujer”. La anécdota la relata la misma Blanca Josefina en un documental hecho por su hijo Leopoldo Ponte en 1996 que está disponible en Youtube para su libre disfrute.

“La preparación física no fue mucha. Yo era una persona deportista, jugaba basket desde que estaba en el colegio y hacía deporte en todo sentido. Con mi hermano Leopoldo bajaba hasta el llano todos los días en bicicleta, una o dos veces en la mañana para coger resistencia”, rememoraba ya siendo abuela.

Champaña y caldo de gallina

La expedición salió acaparando comentarios en todo el pueblo. Partieron acompañados de varias mulas y una gallina que serviría de bastimento. La primera noche la pasaron en el campamento de Domingo Peña, el merideño que acompañó a Bourgoin en el primer ascenso al Bolívar una década antes, y cuyo hijo Lucio esta vez serviría como guía. Esa madrugada, mientras el trío deltano descansaba, les despertó la delegación del entonces Distrito Federal, junto a la que desde entonces hicieron todo el recorrido como un solo equipo.

Blanca Josefina, aunque no era la más rápida y varias veces quedó rezagada, cumplió el trayecto sin desmayar ni una vez. Su hermano Juan Vicente y varios de los representantes de la delegación caraqueña, por el contrario, debieron suspender en Pico Espejo, donde les pegó el mal de páramo.

Pasaron dos días caminando, sintiendo los rigores del frío, durmiendo sobre hojas de frailejón y comiendo pan y enlatados. El 7 de febrero comenzaron el último trayecto a las 9:00 de la mañana, y unas pocas horas más tarde coronaron la cima del Pico Bolívar.

A más de 5 mil metros de altura sobre el nivel del mar, el grupo celebró cantando el himno nacional y brindando con una botella de champaña que llevaban como único lujo entre sus provisiones. A Blanca Josefina, por ser la dama, le sirvieron la primera copa y sus hermanos le cedieron el honor de ser quien sacara del cofre el estandarte de Delta Amacuro, el cual conservó enmarcado en su casa junto con muchas fotos y una piedra que tomó de ese suelo pisado por muy pocos hombres y por solo dos mujeres. “La guardo como si fuera una medalla”, cuenta la propia Blanca Josefina en la entrevista hecha por su hijo.

El descenso fue igual de rudo. En el campamento base, Domingo Peña les esperaba a su arribo con un caldo levanta muerto preparado con la gallinita que se habían traído desde Mérida. “Veníamos muertos de frío, emparamados, y a mí me supo a gloria”, recordaba la aventurera.

El viaje de Blanca Josefina resonó en la prensa de todo el país y fue visto como una hazaña extraordinaria, que en efecto lo era. El periodista José Olivares le dedicó una reseña en El Heraldo titulada “Blanca sobre la blanca cumbre”. En el texto el cronista escribió: “No señor, no es un verso de algún poema romántico, ni siquiera una genialidad surrealista. Blanca sobre la cumbre blanca no es una frase más o menos poética sino una viva y hermosa realidad humana”.

El periodista valoró cómo la aventura de Blanca Josefina abría el camino a las mujeres en el deporte venezolano, no sólo a nivel de práctica sino también de liderazgo, y resaltaba que luego de su ascenso, el club merideño de excursionismo ya había ingresado a otra dama, María González, que ahora hacía parte de su junta directiva.

“El ascenso de Blanca Carrillo a las cumbres de los Andes venezolanos es por eso, simbólicamente, un ascenso más de la mujer venezolana”, escribió Olivares.

“Como venezolana y como merideña me siento orgullosa y satisfecha de haber sido la primera mujer. A los jóvenes lo que puedo decirles es que lo conserven, tanto la Sierra Nevada como los otros parques, el valor que tiene eso es muy grande, y preocuparse por hacer deporte y excursión”, era el mensaje Blanca Josefina en 1996.

Hoy no tiene nada de extraordinario una mujer andinista, como tampoco una médica, una abogada o una astronauta, como tampoco el voto femenino o el divorcio; no obstante, a las mujeres aún nos quedan no pocas cumbres por coronar, y sobre todo muchas historias por desempolvar. La de Blanca Josefina Carrillo, a 74 años de haber ocurrido, merece más que nunca su lugar en lo más alto.

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