En la comunidad de El Caigual se corren dos secretos a voces: 1) que el “morroco” y sus aliados, trabajaban por cuenta de alguien y 2) que hace mucho se desbordó y parecía fuera de control.

Melvis José Cedeño pagó cara la osadía, en esa tierra de nadie que parte de Guasina hasta llegar a Palo Blanco, el marco de la legalidad hace mucho que se perdió. La J. Vidal Marcano es una parroquia sin Ley, casi una reminiscencia moderna del viejo oeste.

Parte de ese desorden afectó a los tres jóvenes que perdieron la vida, una noche de pesadilla. Si Melvis, su hermano Víctor Antonio Cedeño de 21 años y su primo Ricardo José González Hernández hubieran sobrevivido, el cuento sería muy amargo.

Cortes, puñaladas, golpes, sujeciones, mentadas de madre, inmersiones forzadas, formaron parte del camino al infierno.

Con apenas 17 años, “morroco” llegó a manejar fusiles de asalto, unos tales R-15 que representaban un argumento irrefutable para forzar la entrega de los bienes de “conciudadanos”, que retornaban al Delta.

Se dice que esa y no otra fue la causa de sus muertes, un ajuste de cuentas por un desafuero que ocasionó una excesiva molestia.

Curiosamente, según familiares y allegados, en su casa ni un cortaúñas tenía. “A lo sumo un chopo”, manifestó un primo en referencia a un arma de fabricación casera, que le fuera incautada en una ocasión.

Mestizo de ADN y de piel oscura, no dejó bienes ni posesiones, apenas la memoria corta de un niño bueno que paulatinamente torció su destino.

Lamentablemente, su partida sirvió de muy poco, otros serán los que trabajarán por cuenta de terceros y la vida continuará. El dinero fácil es tentador y los psicópatas abundan.

En El Caigual todos saben, pero no se atreverán a hablar, el “morroco” selló su suerte y nadie de la comunidad quiere seguirla; en un mundo donde buenos y malos son solo uno, la justicia verdadera es la víctima.

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