Sobre Alexander Amares se ha dicho que sería alcalde de Tucupita, diputado a la Asamblea Nacional y, desde luego, gobernador, sin que hasta ahora sea ni esto ni aquello, ni lo primero.

Ocho años después, continua en su sempiterno puesto de secretario general de Gobierno, del cual, al inicio de la tercera gestión de Lizeta se dijo que saldría, sin que llegara a ocurrir.

Otros como él, con investiduras similares, se han ido, algunos se han ido y han vuelto, mientras que el ingeniero de profesión, docente universitario, proyectista y planificador, no se despega de la mandataria.

Tiene, obviamente, grandes aliados como el primer combatiente, y parte del entorno de la doctora que ha terminado viéndolo como alguien natural e insustituible en el cargo.

Hubo también otros profesionales, sobre todo de la ingeniería, que rivalizaron con su persona aspirando al grado de confianza que posee con la gobernadora y fueron quedándose en el camino.

Cuando hay elementos de carácter técnico implícitos en los asuntos de estado, su figura emerge y se le comisiona para atenderlos; ha sido un eficaz propagandista de las casas uruguayas, el carnet de la patria y el Petro, entre otros, defendiéndolos con rigor y notorio optimismo.

Siendo objetivos, Lizeta siempre lo considera para alguna de las opciones a que hicimos mención, sin embargo, a última hora sus ambiciones moderadas y su condición –asumida- de soldado de la Revolución, hacen que se postergue. Con el no habrá insurrecciones ni herejías, ni tendrá que lidiar como hizo con TB y CPM.

Una vez más el alcalde, el diputado y hasta el gobernador, quedó relegado; algún día será.

 

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