Alexis Marmanidis, proviene –casi nada, como diría nuestro buen amigo César Pérez Marcano-, de Grecia, cuna de la civilización occidental.

Una nación, en cierto sentido, parecida al Delta Amacuro. Mientras Grecia está constituida por 1.400 islas, el Delta del Orinoco posee unos 300 caños navegables; en tanto, el país helénico acumula 13.676 kilómetros de costa, el Delta suma unos 370.

El territorio griego se sitúa en una favorable encrucijada que lo ubica entre Europa, Asia y África; la salida al Atlántico de Venezuela, nos pone en puertas del mar Caribe, la zona en reclamación, y muy cerca de dos naciones vecinas, Surinam y Guyana francesa, desde donde los europeos lanzan cohetes al espacio. Las tres, por cierto, las dos guyanas y Surinam, fronterizas con Brasil.

Hay también claros contrastes, Grecia es la cuna de una civilización que se expandió por el mundo; el Delta, en cambio, acoge la nación Warao, que lucha por preservar su identidad, esencia y más recientemente, a causa de las endemias, epidemias y migración, la existencia.

Características de esa naturaleza hicieron posible que Marmanidis observara rápidamente oportunidades en Tucupita, casi con la presteza de los mineros, en posesión de un sexto sentido que les permite apreciar una zona aurífera casi con un golpe de vista.

Ventajas y potencialidades, que un manejo errado de la economía han sumergido al punto que ya no las vemos.

En esta ocasión, habiendo cumplido más de 40 años en la capital del estado, y de haber desarrollado una actividad comercial fructífera que lo catapultó a uno de los primeros lugares en el ranking empresarial de la ciudad, mira con nostalgia el camino recorrido y añora un reverdecer de tiempos añejos.

Sabe, gracias a las vicisitudes experimentadas por su país de origen y su recorrido en el ámbito de los negocios, que es casi imposible que Venezuela vuelva a repetir un periodo tan extenso de prosperidad como el que tuvo desde el nacimiento de la democracia en 1958.

Fueron cinco décadas de holgura, que han llegado a su punto final con un evento a todas luces impensable: la hiperinflación más elevada y extensa del planeta.

Es por eso, que luego del peso casi insoportable de un quinquenio en caída libre, sin tocar fondo aun, sueña con el pasado que lo cobijó cual madre que arrulla a un niño y le permitió crecer sin cortapisas ni limites, a alturas que no habría sospechado jamás.

Esa madre nutricia que fue Venezuela, tiene un espejo reciente en el cual mirarse, el mismo que la catapultó por encima de Suiza en prosperidad económica y la puso a la cabeza de los países estables políticamente del orbe, el mismo, que unos necesarios ajustes financieros y decisivos cambios políticos, traerán de vuelta.

Quien sabe sí mejorando las bondades y calidad de vida del vilipendiado sistema anterior.

 

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