Desde los doce años, me llamó la atención el entusiasmo devocional por Acción Democrática de mi papá, Salvador Gómez, popularmente Chavalo; de mi casi centenaria madre, la maestra Ana, de medio Carúpano y mi abuela Felipa.

En mi hogar comencé a escuchar los nombres de los fundadores del «partido del pueblo». Nos inocularon un respeto reverencial hacia Betancourt, Gallegos, Carnevali, Ruiz Pineda, Pinto Salinas, Gonzalo, Leoni, Andrés Eloy, Carlos Andrés, entre muchos otros; de modo que la identidad por nuestra organización política, mis hermanos y yo la asumimos, sino cromosómica, si como una heredad.

En el liceo, para conformar las planchas de los centros de estudiantes, los «adequitos» (así nos estigmatizaban) hacíamos maromas numéricas para cumplir con los requisitos e inscribirnos; porque la moda juvenil era ser de » izquierda». Siempre perdíamos – por paliza–, pero nos quedaba un hermoso estado de conciencia, de amor y fidelidad con nuestros principios.

A mi edad, he mirado muchas y muy serias divergencias a lo interno del partido; severos estremecimientos estructurales; hasta ahora no han podido acabarlo; por cuanto la fortaleza que nos sostiene está enraizada en los naturales valores intrínsecos a nuestra ontología (modo de ser).

Ya tendremos la ocasión exquisita de reencontrarnos y proclamar ante un país ávido de justicia y reivindicación social: aquí estamos los Demócratas de siempre.

VIVA VENEZUELA LIBRE.

Abraham Gómez

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