Anamnesis de mi niñez, por Rafael Rattia

January 28, 2021

Por aquella época mi madre debía tener apenas 18 o 19 años y había recién llegado al Delta procedente del sur del estado Monagas, específicamente del para entonces próspero y ganadero municipio Uracoa. En el Delta logró emplearse como enfermera auxiliar adscrita al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Desde sus inicios como auxiliar de enfermería en un módulo de salud perteneciente al sistema regional de salud pública se destacó como la enfermera más inteligente y eficiente en las campañas de vacunación y en las labores de asistencia de cirugía ambulatoria que se realizaban en donde era requerida como personal paramédico.

Siendo mi madre empleada del ministerio que comúnmente la gente llamaba de Sanidad conoció a un joven dos años mayor que ella nativo del estado Nueva Esparta, de profesión chofer de rutas extraurbanas y tras un noviazgo breve decidieron hacer vida conyugal de donde nacieron cuatro hijos; dos hembras y dos varones. Durante mi niñez no vi mucho a mi padre, pues las más de las veces que llegaba tarde en la noche a casa yo estaba dormido y cuando despertaba en las mañanas ya mi padre se había marchado a trabajar en un camioncito 350 de barandas en el cual transportaba indios guaraos en una ruta extraurbana que hacía el recorrido diario del puerto de Volcán a Tucupita y viceversa.

Desde las 5:00 de la madrugada hasta más o menos las 6:00 de la tarde mi padre se partía el lomo de sol a sol sudando la gota gorda cargando indios para llevar la comida a dos casas; la casa de su madre, la abuela Amelia, quien atendía una bodega en la avenida Arismendi y la casa de mi madre, que quedaba ubicada en Barrio Obrero, cerca de la escuela Tarcisia de Romero.

Mi padre bebía todos los días del mundo; no le importaba que fuera día feriado, o que fuera lunes o sábado, gustaba de beber guisqui Old Parr que a la sazón costaba muy barato, creo que una botella no pasaba de 150 bolívares y mi padre reunía diariamente más de 1.000 (mil) bolívares… Guardo tenues y borrosos recuerdos de mi padre pero quieres le conocieron dicen de él que era muy bonachón y mano suelta con sus amistades a la hora de beber y brindar: y debe haber sido cierto eso del manirrotismo porque dejó una imagen de gastador, bohemio e irresponsable… Cuando mis padres unieron en yunta

conyugal como concubinos en la capital del Delta, Tucupita, apenas si habitaban 50.000 o 60.000 almas y casi todos sus habitantes se conocían de vista o trato. La vida de mi padre, un flanneur, bohemio bien parecido de tez blanca de raíces margariteñas, un aborigen guaiquerí, de los llamados “navegaos” avecindado en tierra firme deltaica, era una vida proclive a la poligamia. Mi madre quedó sola con sus cuatro hijos a raíz de las frecuentes infidelidades de mi padre y marchó a los caños del Bajo Delta a encargarse de una medicatura rural fluvial ubicada en el caño de Araguao. Recuerdo que el dispensario de salud estaba ubicado en un palafito hecho de tablas y techos de palma de Moriche. Cuando venía la creciente del río Orinoco, por los meses de julio, agosto, septiembre; el río aumentaba tanto su caudal que todos los alrededores de la medicatura quedaban cubiertos por las aguas del río padre. El medio de transporte entonces era una pequeña y muy liviana curiara, que entonces le decíamos “celosa” por su propensión a trambucarse. En el interior de la curiara solo había dos tablas clavadas, una adelante en la proa y otra atrás y dos remos o canaletes livianos elaborados especialmente con una madera especialmente apropiada para tales fines. Cuando llegamos por vez primera al caño de Araguao eran como las 5:00 de la tarde y la marea estaba alta, lo cual quería decir que curiara debía ser amarrada bien con un mecate a los pilotines de madera de la entrada del dispensario de salud que a su vez fungía de casa de habitación de mi madre, Amelia mi hermana menor y yo, el segundo de mis cuatro hermanos. Los otros dos hermanos quedaron al cuidado de mi abuela Anita, la mamá de mi madre que vivía en Maturín.

El caserío más cercano a la medicatura quedaba bastante distante; estimo que a unos 45 minutos en curiara a canalete. Y para viajar hasta la comunidad de Araguimujo, San Francisco de Guayo o hasta Santa Catalina había que hacerlo en lancha a motor fuera de borda. Recuerdo que el pagador que iba a llevar el sobre con la mensualidad viajaba en una embarcación llamada “rápida”; una lancha de mediano tamaño con dos motores de 200 caballos de fuerza, Evinrude. No había servicios de acueducto ni de tendido eléctrico en todo el caserío. Nos alumbrábamos con unos “mechúrrios” elaborados con un pote de aceite de motor y un pedazo de tela que hacía las veces de mecha. Esos eran los “bombillos” que encendíamos a las 6:00 de la tarde y apagábamos muy temprano a las 5:00 de la mañana. Con la creciente del río se alborotaban las culebras llamadas “colares” bellos colores rojo y blanco, pero de un peligro mortal. No nos faltaba un frasco o lata de Creolina que usábamos para espantar las culebras que se atrevían a subir por los pilotines de madera del dispensario hacia el “piso de madera” de la casa. La dieta diaria que nos servía de sustento diario estaba basada en pescado del río; morocoto, (fresco o salado) cachama (guisada en coco o frita en aceite) Bagre (guisado en coco con bola de plátano) Busco o Guaraguara (en hervido o sopa con bastantes verduras cosechadas en la zona). El casabe que nunca faltaba en la mesa de los vecinos habitantes del caño de Araguao. El aceite, la sal, los fósforos y el kerosene eran unas verdaderas “reliquias” altamente apreciadas por mi madre y sus dos hijos; Amelia y yo, inseparables compañeros de viaje por los intrincados laberintos y meandros fluviales del Bajo delta. Cómo olvidar el paso quincenal o semanal de los grandes vapores que transitaban por La Boca de Araguao cargados de hierro, aluminio y materias prima que cargaban en los puertos de Matanzas, del estado Bolívar con rumbo a lejanos destinos de Estados Unidos y Europa. Pienso en aquellos remotos y distantes años mi infancia y más tierna adolescencia y se agolpan en los pliegues de mi memoria esos grandes barcos, auténticas argamasas de hierro identificados con banderas de países extraños y lejanos que acarreaban las ingentes ferrosas riquezas extraídas del inagotable vientre de la milenaria zona del hierro de la Venezuela antediluviana. Aún palpita en mis pretéritas evocaciones mnémicas aquellos roncos rugidos que emitían a modo de saludo esas gigantescas moles de hierro que transitaban por la principal arteria fluvial del río Orinoco. Cuando en algunos mediodías yo atisbaba en lontananza algún barco de bandera inglesa o americana de inmediato me aprestaba a preparar la curiarita que siempre estaba amarrada en la escalera del dispensario y aguardaba a que pasara el buque o trasatlántico por el frente de la medicatura y esperaba que las marejadas acercaran a la orilla bolsas plásticas contentivas de peras, manzanas, sándwiches, o uvas, selladas herméticamente con un cierre mágico para que flotaran a fin de que los lugareños las acarrearan y degustaran de esos exóticos “manjares”. Obviamente no teníamos nevera y las uvas y peras debíamos comerlas el mismo día en que las dispensaban los barcos transeúntes. En las seis décadas que llevo de existencia nunca he sido tan feliz como cuando viví a plenitud en aquella Arcadia feliz del novus mundo orinoquensis.

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