Foto: archivo.

Los comercios cerraron pronto. La poca gente que aún buscaba algún punto de venta habilitado ante la caída de las líneas bancarias, caminaban apresurados a casa, como sabiendo que el apagón, el segundo en menos de 24 horas, se extendería.

Media hora después desde que se generara una nueva suspensión de la energía eléctrica el sábado 9 de marzo a las 11:45 am de la mañana, las plantas eléctricas de contados comercios del centro de Tucupita comenzaron a rugir. En el hospital de la localidad no fue así. Se tuvo que aguardar más tiempo, pero finalmente tuvo luz, por lo menos luz, aunque las carencias médicas siguieron su cauce.

En la morgue del hospital Dr. Luis Razetti de Tucupita, el personal de guardia advirtió desde el sábado por la tarde tener bajo su responsabilidad, varias extremidades, una cabeza humana, al menos dos indígenas, cuatro adultos mayores fallecidos en el geriátrico y 40 recién nacidos que no lograron sobrevivir por múltiples razones. “Todavía aguantan”, dijo una fuente, aunque el riesgo de descomposición era latente.

La noche fue larga para los tucupitenses. Cientos de familias aguardaron a las afueras de sus casas con colchones, sillones y chinchorros, para así sortear el calor. Pero el peligro de ser atacados durante la madrugada, estuvo intacto.

Una gran cantidad de personas abarrotaron las calles de sus barriadas para cacerolear, quemar neumáticos y dirigirse al presidente Maduro con palabras subidas de tono.

Un grupo de jóvenes avanzó por las calles del centro de Tucupita. Todos estaban encapuchados. La oscuridad no permitió contar cuántos eran, pero ellos gritaban al unísono un ya conocido ataque verbal contra el mandatario Nicolás Maduro. De fondo, las ollas no paraban de tintinear.

De madrugada, en medio del silencio, el llanto de los niños prematuros despertó a toda una cuadra de la calle Petión… De pronto no la despertó, sino que la puso en alerta. Nadie había podido conciliar el sueño.

El sábado en la noche, las comunidades del norte de Tucupita salieron a las calles. Incendiaron cauchos y caminaron cerca de sus casas mientras caceroleaban. Las fuerzas de seguridad apenas recorrían toda la pequeña ciudad en una patrulla y un par de motos. Todo estaba oscuro.

La mayoría de los deltanos despertaron tarde  el domingo. Solo algunas personas corrían con algunas “perolas” acuestas y unas pocas bolsas. Intentaban resguardar verduras y carne en los refrigeradores de los vecinos que contaban con generadores de  electricidad.

A continuación logré abordar a la gente que avanzaba en grupos:

  • ¿Qué está pasando, a dónde van?
  • “Un señor nos va a dejar meter esto en su cava, un comerciante”.

El calor ya había llegado sobre las 10 de la mañana. Yo caminaba el centro de la localidad habitada por unas 80 mil personas. Era un domingo inusual, hubo más gente en las calles de lo que habitualmente hay.

Quienes lograban reconocerme y conocer que laboro en un medio de comunicación, se acercaban a preguntarme:

  • “Mira, por fin qué han dicho de la luz”.

Lamenté no tener una respuesta para apaciguar su angustia.

Primero lo hizo un comerciante que aseguró tener una “plantica” para “aguantar”, y seguidamente una paisana indígena que cargaba a su hija mientras la abanicaba con un pañal de tela improvisado.

El paseo Manamo de Tucupita pareció estar bajo asueto de carnaval o de Semana Santa. Sus orillas se llenaron de personas que fueron a hacer sopas y a refrescarse. Otras familias de calles cercanas sacaron  sus sillas y mesas y  almorzaron  en el malecón.

La noche volvió a llegar y con ella, los cacerolazos. Esta vez con mayor intensidad. Las fuerzas de seguridad reforzaron sus recorridos con cuatro patrullas: una de la Guardia Nacional, del Cicpc, del Sebin y otra de la policía de Delta Amacuro. Estos componentes resguardaban las instalaciones consideradas como, claves: Cantv e instituciones públicas, aunque no fueron suficientes para percatarse de un ataque de saqueo perpetrado contra una panadería de la avenida Guasima de Tucupita.

Son las 11:45 de la noche del domingo. Ha llegado la luz. Me asomo casi desnudo por la ventana-  estaba así para evitar en lo posible enchumbarme de más sudor-  y  mis vecinos cerraban sus puertas y ventanas.

“Llegó Guaidó”, alcancé escuchar antes de desconectar una vieja nevera que fallaba.

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