Aprender a desconectarnos

Necesitamos aprender a desconectarnos para poder encontrarnos con nosotros mismos y cultivar nuestra interioridad. Esto supone comprender que el silencio y la meditación son fundamentales para llevar una vida con sentido, para reencontrarnos con Dios…

ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN

Si bien son evidentes los beneficios que nos ofrece un buen uso de las tecnologías que nos han permitido en estos tiempos de confinamiento informarnos, comunicarnos y formarnos, debemos evitar esclavizarnos a ellas. Si desde hace ya un tiempo se viene alertando sobre la adicción tecnológica, pues cada vez hay más y más personas, sobre todo jóvenes, que no pueden vivir sin celular, la pandemia ha multiplicado las horas que pasamos frente a las pantallas de nuestros dispositivos digitales y teléfonos móviles. Desde que se declaró el aislamiento social, el tráfico en internet creció un 80 por ciento, se dispararon las compras de teléfonos inteligentes y computadoras, y se multiplicaron las videoconferencias y videollamadas, los correos electrónicos y los whatsapps. Y en la guerra contra el coronavirus, como en todas las guerras, la primera víctima ha sido la verdad. Por ello, proliferan los bulos, las mentiras, las noticias falsas y alarmistas.

Durante meses, los principales medios del planeta nos han hablado de un único tema: el coronavirus. Sobreinformación a la potencia mil. Un fenómeno hipermediático de semejante envergadura global, no había ocurrido jamás. La OMS ha definido este fenómeno como infodemia, pandemia de info-falsedades… Éstas se han propagado con igual o mayor velocidad que el nuevo virus… Los sistemas de mensajería móvil se han convertido en verdaderas fábricas de infundios, bulos y engaños. En algunos países, se calcula que el 88% de las personas que acudieron a las redes sociales para informarse sobre el Covid-19  fueron infectadas por noticias falsas. Y es bien sabido que las noticias falsas se difunden diez veces más rápido que las verdaderas; y que, incluso desmentidas, sobreviven en las redes porque se siguen compartiendo sin control. Muchas de ellas están elaboradas con impresionante profesionalismo: redacción perfecta, imágenes muy cuidadas, sonido de alta calidad, voz grave, música subyugante… Todo debe dar la impresión de seriedad y de respetabilidad… Es la garantía de credibilidad, indispensable para apuntalar el engaño. Y para que los usuarios lo viralicen.
Por ello, hoy necesitamos aprender a desconectarnos para poder encontrarnos con nosotros mismos y cultivar nuestra interioridad. Esto supone comprender que el silencio y la meditación son fundamentales para llevar una vida con sentido, para reencontrarnos con Dios y convivir de un modo armónico con los demás y con la naturaleza, que está llena de palabras de amor. Silencio fecundo para rechazar las palabras hirientes, falsas, y construir palabras sinceras, amorosas. El confinamiento debería abrir nuestros espíritus a la compasión, la amistad y la solidaridad.
Herido de muerte
El confinamiento debería ser también una oportunidad para repensar y potenciar el sistema educativo que hoy languidece herido de muerte. Esto supone, en primer lugar, defender la educación pública como derecho esencial de todos y todas, y tratar y remunerar a los educadores de acuerdo a la transcendencia de su trabajo que es fundamental para tener sociedades prósperas y reconciliadas. Supone también centrar la educación en la formación humana, ética y productiva más que en la mera información; posibilitar el potencial de la enseñanza virtual que hoy es muy pobre y está mal utilizado; superar la pedagogía acrítica y transmisiva; y acabar con la gestión tecnocrática y la dictadura de los indicadores que terminan ofuscando el horizonte.

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