Gobierno y oposición dialogan en presencia de mediadores internacionales

Rafael Rattia 9 de noviembre 2016 – 11:01 pm

Es potestad de la especie humana dialogar para comunicar. Todo acto de habla supone la pre-existencia de dos o más lógicas (pensamiento discursivo), que para comprenderse-entenderse se comprometen a dialogar para dirimir diferencias y contradicciones antagónicas o no con el fin de evitar que la sangre llegue al río, como suele decirse coloquialmente.

Los individuos, las sociedades y civilizaciones que habitan esta lamentable y triste carroña planetaria se obligan a sentarse alrededor de mesas de diálogo so pena de embarcarse en la nave de la locura que inevitablemente los hará zozobrar en medio del naufragio de la violencia.

La especie humana dialoga para evitar o postergar matarse mutuamente por motivos fútiles o por razones políticas y filosóficas. La gente que actúa de acuerdo con criterios de elemental sentido común sabe que dialogar es una inversión costosa, pero altamente redituable. Nada sustituye al diálogo; por el camino empedrado del diálogo desarmado se va lejos hasta la tierra de la esperanza, de la tolerancia y coexistencia pacífica, pero los atajos de la violencia (verbal y física) conducen ineluctablemente al reino del padecimiento y al imperio de la muerte y la mutilación.

Mientras haya esperanza de diálogo hay márgenes de maniobrabilidad para el entendimiento y la negociación, aun cuando el fantasma de la soberbia y la intemperancia acechen peligrosamente a los interlocutores dialogantes. El clima psicológico que debe rodear todo diálogo estará presidido por una buena disposición al debate respetuoso a los propósitos de alcanzar puntos de acuerdo, ciertos consensos indispensables que garanticen la convivencia civilizada en paz de concepciones del mundo y de la vida diametralmente opuestas, pero condenadas a entenderse.

Las estructuras semánticas que deben regir toda ejercitación praxiológica comunicativa tienen que partir de la justa valoración del otro. La ponderación de la otredad debe ser conditio sine qua non para que yo me sienta reconocido por la necesaria alteridad. En todo diálogo que se estime como tal el otro es mi igual. Como diría el poeta Jean Artur Rimbaud: je suis autre. Mi singularidad nace en la diversidad y pluralidad de perspectivas de quien se supone es mi adversario. Yo adverso y combato al diferente a mí, pero nunca deseo su muerte y extinción, pues su pervivencia es imprescindible para yo legitimarme ante la sociedad.
Debe quedar claro: la sociedad me respeta en la medida en que yo respeto al que me adversa; de allí la vieja conseja: “honor al vencido, gloria al vencedor”. Jamás puedo asistir a un “diálogo” armado con misiles verbales cargados de dicterios y anatemas que descalifiquen al interlocutor, pues la validez del hombre perlocucionario se constata en la medida en que el respeto recíproco garantiza que se puedan tramitar las diferencias y contradicciones por/en y con la palabra como recurso de persuasión y disuasión.

Como dijo en cierta ocasión el gran Francois Marie Arouet, llamado Voltaire: “No estoy de acuerdo con tus ideas, pero daría un ojo de mi cara porque las pudieras expresar de viva voz con plena libertad”.

 

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