Aquel «Gran Billar» de los ahogos etílicos

El Gran Billar, ubicado justo frente de la plaza Bolívar de Tucupita fue, en otrora, uno de los sitios de esparcimiento y compartir entre amigos y conocidos en aquella bucólica Tucupita, lugar que lograba reunir a los más empedernidos consumidores de bebidas etílicas.

Pedro Chirel, es el nombre que seguramente los adultos contemporáneos de Tucupita recuerdan; aquel hombre que se apresuraba cada vez que un cliente demandaba una cerveza.

Era un viejo salón mantenido con delicadeza en sus buenos tiempos, de paredes azules y blancas, con sillas de madera y algunas de plástico, que se colaban en la excelsa ambientación. Al entrar, estaba una barra que muchos confundían con un  mostrador que parecía más bien un cubículo de color marrón oscuro. “Perece una cocina”, llegó a decir uno de sus clientes.

En las paredes se observaban bases de madera como exhibidores, anuncios de una prohibición de fumar y un viejo sonido,

La música a todo volumen y los griteríos de los bebedores, eran parte del ecosistema del Gran Billar. Desde afuera solo se observaba una puerta azul con rejilla y un pasillo oscuro que engañaba a primera vista. Al pasar, era un amplio salón con luz tenue.

En sus últimos días de existencia, era cuestionado por el olor a orine que emanaba de su interior, incomodidad que respiraba todo aquel que pasaba por su puerta, por lo que debían apurar sus pasos para evitar la fétida pestilencia.

Hoy, sobreviven algunos animes usados como techo raso, cables que se guindan de cualquier parte, madera descompuesta en el techo y soportes deteriorados que exhiben el techo de zinc; un lúgubre ambiente de soledad y silencio.

 

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