Por: Ildemar Estrada hijo

«Creo en Pablo Picasso, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra; creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de los hombres, creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable… Creo en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martí, creo en la amistad como el invento mas bello del hombre, creo en los poderes creadores del pueblo, creo en la poesía y en fin, creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama.»

Aprendiz de carpintería, telefonista, botones del hotel Majestic, poeta, periodista, dibujante, dramaturgo, prosista, son algunos de los oficios que desempeñó durante su vida. Nació en Caracas un 17 de mayo de 1920 en el barrio El Guarataro, hoy le hablamos de Aquiles Nazoa, un pensador revolucionario que vivió el exilio durante el gobierno de Pérez Jiménez y de la democracia representativa adeco-copeyana, vivió con una fe en el porvenir y en la riqueza espiritual de la gente.
Días después del aciago accidente que le quitó la vida, en un programa de radio que dedicó José Ignacio Cabrujas a Aquiles le dijo: «Yo no voy a llorarlo, porque no puede ser que usted sea un hombre de llanto. La culpa es suya, porque usted me hizo ese favor de la gracia y de la risa, y yo quiero recordarlo así».
El humorismo mas allá de actitudes prejuiciadas que tradicionalmente le han negado jerarquía literaria y artística, tiene un acento humano que parte de la conciencia y de la distancia que separa la realidad existente de la realidad idealizada. Aquiles Nazoa como Job Pim, Leo y Andrés Eloy Blanco, asumió a lo largo de su vida una posición digna, humoristas de una actitud gallarda que los llevó a sufrir persecuciones, exilios y cárcel, pero también  a tener en común el afecto genuino del pueblo.
A Aquiles Nazoa nunca hay que invocarlo con acento luctuoso, siempre hay que festejarlo y celebrarlo, porque su humor está pleno de gracia e ingenio, con una aguda inteligencia y una vastísima cultura por las cuales siempre se le admiraba y se le tributaba. Merecedor del Premio Nacional de Periodismo en la especialidad de escritores humorísticos y costumbristas con apenas 28 años en 1948 y en 1967 el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal, al mejor libro.
 
EL SARAMPIÓN DE LA PRINCESA

A Elizabeth, princesa de Inglaterra,
como a cualquier negrita de esta tierra,
le ha dado el sarampión,
enfermedad tenida por plebeya
y que, por eso mismo, al darle a ella,
rompió la tradición.

Por muy cierto hasta ahora se tenía
-bastante nos lo han dicho en poesía –
que las princesas son,
dada su sangre azul, del todo inmunes
a esos males caseros y comunes
que atacan al montón

Cuentos nos han contado, por quintales,
de princesas enfermas, cuyos males
son siempre de postín:
algún hechizamiento, algún letargo
o esas ganas de echarse largo a largo,
que llaman el “esplín”

Y si hubo un caso grave fue el de aquella
princesa tan floja como bella
que veinte años durmió,
hasta que vino un príncipe en su jaca,
la despertó moviéndole la hamaca
y le dijo: -Les go…

¡Ah crudeza del mundo! Así es la cosa:
Elizabeth está sarampionosa
como cualquier mortal.
Y su rostro a la luna parecido,
por causa de las ronchas ha sufrido
un eclipse total.

Así pues, los discípulos de Apolo
que han visto a princesas sufrir sólo
males del corazón,
se llevarían una gran sorpresa
si llegaran a ver a esa princesa
¡con esa picazón!

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