El escritor Rafael Rattia diserta sobre la política deltana precursora del chavismo

RAFAEL RATTIA / 18 DE AGOSTO 2016 – 00:01

Nunca me hubiera imaginado esto: yo, un adolescente de 12 o 13 años que ya a esa párvula edad simpatizaba con las ideas de izquierda, socialistas, revolucionarias en el apacible Delta de comienzos de los años 70 de la pasada centuria. Estudiaba yo primer año del Ciclo Básico Común, hoy denominado primer año de bachillerato, en el liceo “José Enrique Rodó” de Tucupita, estado Delta Amacuro. Por supuesto, eran otros tiempos, ni peores ni mejores que estos, simplemente otros tiempos signados por otras modas, como dice el pensador francés Jean Baudrillard en su libro El sistema de la moda.

Los liceos del Delta eran un hervidero de ideas políticas donde predominaba una singular hegemonía política organizativa de la juventud socialista del MEP, aunque también tenían una fuerte presencia física y propagandística las organizaciones políticas: Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Partido Comunista de Venezuela, las juventudes de Acción Democrática y la juventud del partido Socialcristiano COPEI que, a la sazón, tenía una fuerte influencia en los medios estudiantiles de Tucupita. El MEP era el más fuerte bastión político y estudiantil, sindical y gremial en Tucupita durante esos febriles años de la década del setenta; en esa entidad federal era la primera referencia partidista de la vida pública y yo, infantilmente, me enorgullecía de formar parte de sus huestes y feligresía militante.

El sindicato de la construcción era dominado por las legiones de trabajadores simpatizantes del partido morado cuya insignia inmarcesible e imperecedera de indiscutible liderazgo era el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa. También la otrora gloriosa Federación Venezolana de Maestros era en el Delta, como en el resto del país, una gran escuela de formación de líderes magisteriales con grandes y acendrados valores gremialistas y, obviamente, políticos. Es en esos años que comienzan mis simpatías hacia los ideales socialistas al lado de otros jóvenes estudiantes como Eduardo Espinoza, Juan González, Edgar Domínguez, Nelis Jacinta Moreno Palomo, Andrés Cardona, Nelis Medina, Ramón Martínez (a quien cariñosamente le decíamos Ho Chi Ming) Orlando Loreto, Juan de Mata y otros “combatientes” juveniles cuyos nombres escapan a mi memoria. Igual, recuerdo la vibrante presencia muy activa en los medios estudiantiles deltanos de líderes como Alberto González quien por su aventajada condición de estudiante universitario de la UCV llegaba a Tucupita en vacaciones con un bagaje de lecturas impresionantes; Alberto estudiaba Estudios Internacionales o Ciencias Políticas y Vladimir López estudiaba en la Escuela de Sociología de la misma universidad; ambos eran militantes de la juventud del MIR pero estaban con creces mucho más preparados políticamente y mejor apertrechados ideológicamente que muchos de nosotros, legionarios socialistas de la juventud mepista.

En el MIR del Delta de esos tiempos se les alentaba a los jóvenes a la lectura y formación política y doctrinaria, en cambio en la juventud del MEP estaban las carajitas más bonitas, claro, pues era el partido que ganaba las elecciones estudiantiles de todos los liceos de la localidad. El MEP era el bastión inexpugnable de Tucupita que movilizaba la sensibilidad estudiantil de esos años y sus líderes naturales del Comando Político Seccional eran veteranos líderes fraguados en las luchas de resistencia antiperezjimenistas, adecos perseguidos por la dictadura militar que apenas una década y media atrás los mantuvo en la clandestinidad y el trabajo de masas proscrito.

De manera que, como todo en la vida, la sociedad cambia y sus individuos también… muchos viejos dirigentes se fueron muriendo y otros excombatientes fueron cambiando de militancia, otros arriaron banderas y no pocos volvieron a sus palacios de invierno y se empantuflaron en la comodidad de sus bienes y confortables fincas y propiedades.

Muchos antiguos militantes revolucionarios de la vieja guardia marxista-leninista, –no había, que yo supiera, simpatizantes del trotskismo de la cuarta internacional ni anarquistas–, con el advenimiento (vida, pasión y muerte del chavismo) de la peste militar bolivariana terminaron adocenados y aburguesados y corrompidos y borrachos de “buonna vita”. Muchos se degradaron y envilecieron sus existencias en el festín de Baltasar del petróleo a cien dólares, y en medio de la larga e interminable borrachera de petrodólares que hacía ver a la revolución bolivariana como la tierra de promisión donde el Maná nunca tendría fin. Hasta un ministerio del poder popular para la máxima felicidad llegó a crear el falansterio chavista bolivariano en esta gasolinera al Sur de Miami.

He aquí que la historia trajo otros resultados con su “veredicto” macabro. Aquellas ilusiones trajeron estas decepciones y frustraciones. Un vaho de sospecha y temeridad recae sobre la dudosa ética de los portaestandartes de la revolución. La adarga quijotesca ha sido quebrada por los efectos narcóticos de la tóxica quimera de la emancipación compulsiva. Las banderas de la libertad bajo la égida del socialismo revolucionario están hoy desteñidas y rotas por las tempestades de la corrupción y la ineficiencia. Urge refundar un ideario libertario, esta vez sí de verdad democrático. La incontestable y terca realidad del caos y el marasmo deletéreo del socialismo ha terminado instaurando una tenebrosa distopía antihumana digna de los peores denuestos y dueña de los más inimaginables adjetivos y reprobaciones. No obstante, el trémulo vértigo indetenible de la historia sigue su curso sinusoidal hacia no se sabe cuál destino mientras el hombre continúa su terco afán de construir y edificar utopías racionales que indefectiblemente terminan desvencijadas en los promontorios herrumbres de lo que algún día terminaremos aceptando en llamar la post-historia.

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