Los desechos sólidos le cuestan a Loa, como suele decirse en criollo, un ojo de la cara.

Un camión compactador de basura puede llegar a importar 50.000 dólares, el equivalente a 11.000.000.000 millones de bolívares.

El precio de un neumático oscila entre los 200 y los 300 dólares, mientras que la batería supera de largo los 100 dólares.

El mantenimiento toca las nubes, cada pote de aceite excede los 5 dólares y al rodar prácticamente 15 horas continuas, necesitan de cambios regulares de aceite, pastillas para frenos, filtros, rodamientos, engrase, reposición de partes y piezas que vayan dañándose, reparaciones menores, etc.

Son vehículos que funcionan de lunes a lunes, por lo que, a los dos años de actividad experimentan un serio desgaste obligando a aminorar su desempeño acortando las jornadas y espaciando los días, para prolongar su vida útil.

Por fortuna, la plantilla laboral o el personal a cargo del servicio no representa comparativamente un costo mayor, resultando –sin ánimos de descalificar a nadie- lo más cercano posible a mano de obra barata, cuyo sacrificio al hacer frente a un oficio que exige una tolerancia excesiva a los olores fuertes y desagradables, además del riesgo que entraña para el sistema respiratorio la exposición constante a los gases fétidos, jamás podrá remunerarse como merece.

De momento, Loa puso el acento en los tributos al comercio, procurando estirarlos para que alcancen, intentando al menos mantener operativo el servicio, a sabiendas de que llegara la hora en que quiera refaccionar la sede, ofrecer mayores comodidades al personal, reponer vehículos, mantener un stop de repuestos y suministros, y garantizar una atención de primer nivel. Entonces tocará la puerta que ningún político quiere tocar, y entonces tendremos conciencia del costo de aquello que es gratis y no hemos aprendido a valorar.

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