Búffalos murió en la orilla: Uracoa le ganó 4 por 3

En un resultado inaudito, Búffalos de Tucupita se quedó en el camino. La noche de este sábado fue la peor de su historia.

Diez minutos de ausencia en la cancha, el primer cuarto para más señas, con la mente entumecida y abotargada debido a la presunta debilidad del rival, le pasaron factura.

Luego, los palos que fueron cuatro, las atajadas del portero rival y los chutes desenfocados, hicieron el resto.

Uracoa se cerró como una ostra y al terminar el encuentro, comenzó a saltar alocada pensando que había clasificado por una información errónea sobre el resultado Dimaica-Guerreros de Monagas, que según y que había terminado 2 a 1 a favor del primero, cuando fue al revés. En segundos pasaron de la euforia al llanto.

La ficción de jugar a casa llena dos encuentros en Tucupita con DTQ, se disipó rauda y veloz al pasar de unos minutos que se hicieron rápidos para Búffalos y excesivamente lentos para Uracoa. Mientras estos últimos miraban a la esquina deseosos de que le lanzaran la toalla, los bóvidos querían añadirle minutos al reloj. Nada de eso sucedió y la pizarra, implacable juez rector de cualquier encuentro deportivo, sentenció rigurosa a los 40” exactos el escore final.

La aventura de los “criollos” culminó en forma desventurada privándonos del excelso placer de ver a los nuestros disputándose la semifinal en casa.

La pelea que generó mayores expectativas en la historia del país de los mariachis, los chiles y el tequila, la protagonizaron dos invictos mexicanos, Carlos Zárate y Alfonso Zamora, ambos púgiles dividieron la opinión pública y volcaron la nación entera sobre las pantallas del televisor. Al final triunfó Zárate, sin embargo, a pesar de la victoria, los partidarios de Zamora continuaron pensando que su ídolo era el mejor.

Búffalos nos dejó un sabor amargo en la boca, tanto si hubiese sido Zárate como si le tocara encarnar a Zamora, lo hubiéramos preferido a los que nos tocó en suertes, nos habrían partido el corazón y aun en la derrota le habríamos tributado un cúmulo de vítores y aplausos. Lástima que abandonó el barco antes de darnos tiempo de escribir esa historia.

En diez minutos la vida…

 

 

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