El hecho ocurrió en la comunidad de El Caimán, Tucupita,  al otro lado del aeropuerto, cruzando el río, en horas de la tarde de este viernes 29 de marzo.

Hubo mucho «plomo» cruzado. Tanto, que en la localidad se corrieron infinidades de rumores sobre lo que podía estar pasando en la terminal aérea y sus cercanías, contando dos versiones igual de parecidas aunque en dirección opuesta: unos afirmaban que habían muerto los buenos, mientras que otros decían que los muertos eran los malos. Toda una historia de acción y suspenso.

En un principio, se consideró que Evander pudo estar muy lejos, quizá en una vecina nación, sin embargo, estuvo siempre más cerca de lo que cabía imaginar.

Nuevamente un helicóptero y comisiones de distintos organismos de seguridad, a bordo de lanchas con las que llegaron al sitio, intervinieron en la acción.

La certeza de que mantenían activos sus celulares, y un arduo trabajo de inteligencia en la zona antes señalada y sus alrededores, les permitieron ubicar al grupo.

Evander y sus acompañantes arrastrarían el cansancio de dos días recorriendo los parajes selváticos a pie desde Altagracia hasta El Caimán, donde se estacionaron para reponer fuerzas.

Fue allí donde la actividad policial se aceleró y dieron el definitivo golpe. Querían colgarse galones a cuenta de una figura hamponil de cierto peso.

Con él fallecieron otras cinco personas, tres de ellas aun sin identificar. Los cuerpos fueron trasladados a la morgue de Tucupita, donde se extremaron las medidas de seguridad, se llegó a temer la posibilidad de que alguien quisiera rescatar su humanidad para ensalzarlo, lo que hizo que fuera militarizada la instalación.

A Evander Barradas lo perturbó enormemente que se lo desalojara de una ciudad, la Sultana del Manamo, que consideraba suya y que pretendía dominar; el hecho de haberlo confinado en la selva lo trastornó, y cual fiera herida, lo llevó a luchar con desespero, constituyendo el principio del fin.

En la capital deltana tuvo largo tiempo una libertad de movimientos de la que le costó mucho desprenderse. Era su lugar de disfrute y el centro de operaciones desde el que pretendía expandir sus dominios hacia los restantes municipios y el oriente del país.

Esas pretensiones fueron truncadas este 2019, antes de cumplir la treintena. Quien sabe dónde habría llegado y que habría ocurrido, mejor no pensarlo.

Algo es cierto, a partir de este momento Tucupita, y en particular Tucupita fluvial nunca será la misma.

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