Rafael Rattia| foto de archivo web.

Rafael Rattia | @rattia

Desde el primero de Mayo del presente año, fecha en la cual Nicolás Maduro convocó ilegalmente a una Asamblea Nacional Constituyente saltándose olímpicamente las tratativas contempladas en el texto constitucional vigente, el país entró, muy a su pesar, en un vertiginoso proceso de “guerra civil” de inequívoco carácter fratricida. Más de un centenar de muertos testimonian de manera pública, notoria y comunicacional el holocausto tanatocrático en que ha devenido la revolución bolivariana.

Las terribles imágenes de asesinatos a sangre fría aún rielan por la mente de un país que no termina de salir de la consternación que causa el oprobio de ver a un Estado bestial y ferozmente armado con armas químicas y proyectiles prohibidos por la legislación internacional utilizados en manifestaciones de civiles y estudiantes pacíficos y desarmados clamando y reclamando el cumplimiento de la constitución de la República.

Es harto sabido que, desde la preceptiva clásica de la teoría política, el poder constituyente siempre emerge del pueblo contra el poder constituido, de donde se infiere que sólo el pueblo puede salvar al pueblo. No se olvide que la soberanía reside en el pueblo y descansa en el poder popular intransferiblemente en él, quien lo ejerce mediante el sufragio, directo, universal y secreto sin más impedimentos que los que establece la constitución y la ley orgánica del sufragio. El acto comicial sufragante del ciudadano reemplaza toda violencia y toda expresión bárbara de sanguinaria confrontatio política de naturaleza incivil.

Este inmenso “cuero seco” (Guzmán Blanco dixit) en que el postchavismo antiparlamentario y luchaarmamentístico ha convertido cada centro urbano densamente poblado por su testarudez para convivir civilizadamente dentro del marco de la legalidad y el respeto a la norma jurídica consensuadamente pactada, evidentemente ya no resiste más. Las legiones dogmáticas y ortodoxas stalinistas del PSUV han preferido dirimir las contradicciones socio-políticas que inevitablemente se suscitan en el seno del pueblo por la vía de las armas y del literal exterminio físico del adversario convertido en enemigo político y militar. Obviamente, no son demócratas; porque en estricto rigor, no importa si usted es de “izquierda” o de “derecha”; lo que sí importa –y mucho- es que sea demócrata a carta cabal y lo demuestre en su diaria praxis cívica pública. Por tanto, una nueva constitución cuando la vigente no se cumple ni respeta, “-se acata pero no se cumple-” decían nuestros mayores en la pasada centuria, representaría, eventualmente en una hipotética como supuesta negada circunstancia “aprobatoria” una d a la Venezuela decimonónica de las escaramuzas y de los enconos sangrientos entre venezolanos por razones ideológicas y políticas y, obviamente, nadie en su sano juicio quiere eso para nuestro país.

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