«Corran, que llegó la recluta»: la persecución para las familias acomodadas, pero la esperanza de los pobres en aquella Tucupita

Ilustraciones de Joine Ramos

Cuando los componentes de las Fuerzas Armadas de Venezuela no cumplían con el contingente militar correspondiente, acudían a las dependencias federales y barrios más pobres del país. Tucupita contaba con ambos requisitos para la denominada recluta, el servicio castrense obligatorio.

El General Marcos Pérez Jiménez, presidente de Venezuela, endureció las leyes en torno al servicio militar en el país. Aunque progresivamente esta iniciativa de captar nuevos miembros de las Fuerzas Armadas se «humanizó» con los mandatarios posteriores, representó un tipo de persecución entre los jóvenes de familias acomodadas, aunque la esperanza de los hogares más marginales. Los sectores populares eran el plato favorito de los reclutadores.

Tucupita vivió varios años de lo que, los hasta ese entonces jóvenes, califican de persecución. Durante el día el peligro no era tan inminente como en las noches. Todos los jóvenes mayores de 18 años  de edad estaban atentos de la patrulla que, cual «raqueta», se llevaba lo que veía a su paso.

El profesor Juan José Jaramillo, una de las personas ahora propuesta como cronista oficial de Tucupita, relata parte de lo que vivió la localidad durante las reclutas.

Al Territorio Federal Delta Amacuro le exigían una cifra de contingente militar anual. No obstante, al no lograrlo por la vía voluntaria, los uniformados acudían a la iniciativa de recluta. De esta manera cumplían con la meta, aunque de forma forzada.

Eran prácticas desleales, aunque estratégicas para los militares, que se apostaban a las afueras de los cines para capturar a los jóvenes.  Al culminar una película, comenzaba otra de acción en los alrededores de la plaza Bolívar de Tucupita. Todos corrían por doquier. Como podían huían de la recluta. No todos podían ir a estos espacios de entretenimiento, al menos no los empobrecidos campesinos, quienes enviaban a sus hijos al alistamiento militar, voluntariamente.

Ellos eran los que obligatoriamente debían soportar el régimen militar. No tenían otra opción, ya que sus familias consideraban  la recluta como una alternativa para minimizar los costos en casa. No obstante, para las clases sociales más acomodadas representaba una persecución.

No había tiempo de evitar que a alguien no le raparan la cabeza, una vez que fueran capturados. Independientemente de que horas más tarde fueran reclamados por sus padres en el conscripto militar, ya todos estaban “cocos pelados”. Cuando sus familiares iban  por ellos, los argumentos debían pesar para su liberación inmediata.

Entre lo que sostenían los representantes de los jóvenes, eran, desde ser único hijo, pasando por tener esposa, hasta ser sostén de la casa. Entonces eran devueltos. A quienes afirmaban ser universitarios,  les exigían la constancia de estudios.

Las familias de clases más acomodadas no tenían ese problema. Bastaba decir algún apellido reconocido para evitar ser capturados. Las influencias y el dinero apaciguaban todo. Los medianamente desposeídos iban por el rescate, aunque los más empobrecidos entregaban a sus hijos.

Una vez en el conscripto, rapados y vestidos de verde, los reclutados esperaban ser asignados a algún componente militar como, la Marina, la Aviación, el Ejército o la Guardia Nacional, además de enviados desde Tucupita a otras localidades de Venezuela.

Lux Sanon, un haitiano recién llegado a Tucupita y que posteriormente se convirtió en un personaje popular de la pequeña localidad, intentó escapar de un abordaje para la recluta, pero no logró. Él no hablaba bien el español, por lo que su acento era el de una persona que hablaba inglés, o lo que en Latinoamérica llaman, gringo. “Habla como un gringo”.

Militar: Negro, embárcate.

Sanon: Yo ser profesor del liceo.

Militar: ¡Que te embarques!

Sanon: Yo ser profesor en el liceo.

Entonces el uniformado le propinó dos planazos. Él reaccionó.

Sanon: ¿Dónde está la camiona?

Pero no todos regresaban con vida tras ser asignados a diferentes ciudades. Varios de ellos volvieron a casa en ataúdes sellados. Las explicaciones que les ofrecían a sus familiares no eran del todo convincentes; eran extrañas. Era lo que ponía de luto a una Tucupita más pequeña. Otros lo lograban y tras pagar el servicio militar obligatorio,  apenas les daban dinero «para el pasaje».

 

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