Ilustración de Tanetanae.com.

Era ella, lo supo porque vestía la ropa del dolor, de luto y de la muerte. Cristina la había estado esperando desde la mañana muy temprano.  Pronto estuvo en la oficina de Migración. Sus ojos mostraban claras ojeras y cansancio. Estiró un poco su cuello para buscar entre la multitud a una morena de cuerpo esculpido y cabellos rulos. Segundos después, la encontró.

 

  • “Gracias, Cristina”, le dijo la viuda de un deltano que recién había fallecido en la isla de Trinidad y Tobago, y la abrazó fuerte para despedirse.

Cristina John García se graduó de licenciada en turismo en la Universidad Territorial Deltaica, “Francisco Tamayo” de Tucupita. Sus últimos días en Venezuela fueron en el año 2017, cuando decidió volver a la tierra de su padre; aquel hombre trinitario que se enamoró del Delta y se quedó allí hasta el final de sus días. Fue “el inglés  Sucre” quien inició las primeras fiestas carnestolendas en Delta Amacuro. Ahora su pequeña apostaba por ir a casa de papá.

En septiembre del 2017 ya estaba decidida a abandonar Venezuela. No fue fácil: lloró mucho y estuvo muy tensa. Ya había intentado cambiar la dieta de sus hijos, pero apenas lograba darles agua con azúcar. Nadie sabía que Cristina se marcharía. Fueron días de silencio y de miradas gachas para ella.

En Trinidad y Tobago residen unos seis mil deltanos entre legales e ilegales, según la data  de unas cuatro navieras que parten desde el estado Delta Amacuro hasta la isla, llevando pasajeros. El movimiento migratorio hacia la vecina nación ya se conoce como “el sueño trinitario”. Más gente intenta ingresar cada semana a ese país, como sea.

Cristina había estado preparando en secreto lo que sería un viaje sin retorno, pero el momento de revelárselo a su familia había llegado.

Ese día llegó a la casa de su mamá, en Cocalito, tras haber improvisado una reunión familiar. En medio de la cotidianidad de lo que supone ser un encuentro dominical, aún nerviosa, sintió que la hora había llegado.

  • “Amor, mamá, miren. Creo que me voy a Trinidad la semana que viene”.

A su mamá y esposo no les sorprendió lo que escucharon,  sin embargo, era Cristina quien ahora no lograba entender por qué. Pero no tardó en comprender y explicarles mejor, porque su familia había pensado que se trataba de uno de los tantos viajes que ella solía hacer a Trinidad, mientras trabajaba como traductora en un catamarán.

  • “Me voy para Trinidad a trabajar y a vivir allá, voy a intentarlo. Primero me voy sola, pero luego me llevaré a mis hijos”. Esta vez fue más clara, seria y contundente. Actuó así como para ocultar sus ganas de llorar, pero hubo un corto silencio en la pequeña sala.
  • “Bueno, si es tu decisión, yo estoy dispuesto a ayudarte”, respondió su joven compañero de vida. Sin embargo, la mamá de Cristina se retiró del lugar sin  decir nada.

Pero Cristina ya había previsto soportar y afrontar la traba más  severa que amenazara su firme decisión de migrar. Ya nadie la detendría, nadie la detuvo. Su mamá dejó de hablarle, pero aun estando herida y decepcionada por no haber recibido el apoyo de una de las personas más importante de su vida,  siempre supo que  su madre no quería perderla. No de esa manera, ni bajo las condiciones de la desesperanzada Venezuela.

Desde el caño Manamo en Tucupita, la capital del estado Delta Amacuro, parten al menos cuatro lanchas varias veces a la semana hasta Cedros, Trinidad y Tobago. Y aunque los viajes de estas compañías de transporte internacional  han visto recrudecer las políticas de control de migrantes por parte del gobierno del vecino archipiélago, han logrado sobrellevar la prestancia de sus servicios reduciendo las secuencias de zarpes.

Cristina adquirió con tiempo anticipado un boleto en la empresa de “Víctor Mata”, y llegado el momento de marcharse, ese día vistió un jean ajustado a su ya amoldado cuerpo y una blusa negra bastante descotada; sabía que las tres horas de viaje serían calurosas.

Apenas fue chequeada por los funcionarios de la Guardia Nacional, bajó con un pequeño morral color rosado por la rampa que daba justamente a un bote grande, y estuvo lista para dejar atrás días de angustias,  aunque sus nervios no la abandonaron pronto.

¿Habrá tomado la peor decisión de su vida aquella mujer de 29 años de edad? Ella aguardaba en el asiento 12 de la embarcación  y miraba cómo arribaban más personas. Todos mostraban su cara más cruel de incertidumbre. Había miedo. Al fondo del lanchón, más cercano a los motores fuera de borda de 200 caballos de fuerza, escuchó una conversación al teléfono. Un chico se despedía de su papá.

  • “Si, papá, tranquilo. Todo saldrá bien, ¿cómo sigue mamá?”… Hubo silencio en el bote, mientras aquel padre pudo haberse demorado en responder.
  • “Qué bueno, dile que le enviaré más medicinas. Bendición”, y colgó la llamada. Nadie había evitado escuchar parte de la conversación.

Luego de tres  horas de viaje, primero por río y después por mar, Cristina John ya estuvo en Cedros, Trinidad y Tobago. El suave oleaje había facilitado el trayecto.

Cuando estuvo en las oficinas de Migración, a un lado de un cubículo vio a 7 personas. Sus rostros hablaban de tristeza, rabia y temor. Ellos no eran trinitarios: uno era de Hacienda del Medio, otro de La Florida, mientras que a los demás no los pudo identificar, pero supo que eran deltanos. Cristina sintió confusión al verlos, quería hablarles y sentirse acompañada. Una emoción la invadió repentinamente,  pero no sabía qué era lo que les ocurría, ¿por qué tanta angustia en sus caras?, ¿por qué permanecen apartados del resto de las personas?

  • “Disculpa, ¿puede decirme qué ocurre con ellos?”.
  • “Oh, ellos son de Venezuela. La semana pasada ingresaron ilegalmente, y ahora están siendo deportados”, le respondió en español trabado un funcionario de Migración.

Aunque desde que los vio supo que eran venezolanos, Cristina había pensado que de pronto se uniría a ellos para emprender el viaje a otra localidad de la isla, pero solo aguardaban por abordar otro catamarán y regresar a Venezuela.

La tristeza y la decepción  invadieron a una Cristina que apenas había pisado la puerta de entrada de la que fue hogar de su padre.  Vio a los deltanos caminar hasta la embarcación, avanzaron por un puente de concreto, y  uno por uno se fueron embarcando en el bote. Nunca antes un retorno a casa había sido tan doloroso.

Según un informe de seguimiento de la Asamblea Nacional de Venezuela, hasta  diciembre del año 2018, 135 venezolanos permanecían detenidos en diferentes cárceles de Trinidad y  Tobago por haber intentado ingresar ilegalmente a  ese país. Cientos de criollos siguen arriesgando sus vidas en  viajes ilegales: intentan  desembarcar en playas clandestinas de la isla y son perseguidos por la policía. Otros han  sido rescatados en pleno mar, cuando saltan al agua desde las embarcaciones  al verse descubiertos.

Cristina pudo encontrar pronto una residencia en Penal, Trinidad y Tobago. Sus rasgos físicos y su perfecto inglés trinitario, evitaron que la señalaran- al menos no con insistencia- de “spanish”, como le dicen a los de habla hispana,  pero sobre todo a los venezolanos. Ella no culpa sus atributos de ser trabajadora, proactiva. Fue así como inicialmente logró ayudar a su familia, mientras trabajó en una ferretería. Pronto la amarían, pero también la odiarían.

Aquella trinitaria, y venezolana a la vez, había estado ayudando- solapadamente-  a los criollos que arribaban a la isla. Hacía lo que podía, se veía obligada a hacerlo, porque ya hacía un mes que no lograba conciliar su sueño, mientras, durante el día y todos los días, veía a sus paisanos caminar sudados, mojados, y en algunos casos entre lágrimas,  cuando buscaban trabajo o un techo donde refugiarse.

Cristina ahora los contacta, traduce al inglés para ellos, e intenta orientarlos desde el punto de vista legal. Su iniciativa le ha costado varios detractores en la isla: trinitarios que le piden que deje de ayudar a “los invasores”.

Ella se siente reconfortada y con su consciencia tranquila cuando, al final del día, ha evitado en lo posible el sufrimiento de algún venezolano. En lo posible, porque cuando se está lejos  de casa, sin el calor familiar, se sufre todos los días, siempre.

Pero no todo ha resultado como Cristina ha querido.  Ha tenido que vivir el dolor de perder a un ser querido lejos del hogar.

La señora Arnelis Meza pronto contactó por teléfono a Cristina, eran las 7 de la noche. La resquebrajada voz de Meza develó lo que sucedía, y tan pronto se despidieron, Cristina cerró sus ojos, respiró profundo y tragó grueso para evitar llorar, no era el momento de hacerlo, no en ese en el que debía concentrar todas sus energías.

Esa misma noche Cristina llamó al hospital  de Point Fortin para asesorarse de lo que se debía hacer para ayudar a Arnelis Meza, una mujer a  la que conoció en la localidad de Tucupita, cerca del mercado municipal. Su esposo había  fallecido de un coma  diabético justo el día cuando estaba por abordar un catamarán que lo llevaría de regreso a su natal Delta Amacuro, Venezuela.

Sus familiares estaban en Tucupita. Él había arribado a Trinidad aun estando enfermo. Fue a trabajar “en lo que sea”, pero su padecimiento lo llevó a la muerte cuando intentaba cambiar una vida de carencias. Su cuerpo sin vida ahora aguardaba en la morgue de un hospital, en espera de ser repatriado.

Cristina contactó al día siguiente a la oficina de Migración y explicó la situación. Suplicó en medio de lágrimas  a varios funcionarios para que habilitaran un permiso especial para la señora Meza, la mujer que- mientras tanto en Tucupita- intentaba reunir dinero aún con el dolor intacto.

Pasaron 24 horas más para que  Cristina pasara por la estación de policía de Point Fortin, donde buscó las pertenencias del esposo fallecido de Arnelis. Él había muerto camino a un centro público de salud, el día cuando ya tenía previsto retornar a Tucupita.

Pero él ya se sentía mal.  Por esos días había contactado a Cristina para decirle que regresaría pronto al Delta, pero su cuerpo  nunca regresó, aunque sí su alma, y acompañado de su esposa.  Cristina luchó para que fuera así.

Arnelis Meza arribó a la oficina de Migración, en Cedros. Sus ojos mostraban claras ojeras y cansancio. Estiró un poco su cuello para buscar entre la multitud a una morena de cuerpo esculpido y cabellos rulos. Segundos después, la encontró.

  • “Gracias, Cristina”, dijo ella, y la abrazó fuerte. En sus manos tenía un pequeño cofre, donde reposaban las cenizas de su esposo.

 

Él ya estaba en brazos de su esposa, ambos estaban por regresar ese día a Tucupita. Los dos tomaron camino al bote: Arnelis en cuerpo y el señor Orlando, en alma. A mitad del trayecto, Arnelis viró su rostro hacia Cristina, quien los veía. Se despidió con el gesto de un adiós,  y tan pronto siguió, suspiró. La paz interior había llegado para todos.

Cristina ya no quiere que sus paisanos  tuvieran que despedirse de esta manera.  Quiere que los venezolanos resurjan algún día de entre las cenizas para reavivar la llama de la vida, de la esperanza, de la reconstrucción.

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