Crónica de Héctor Escandell | Tucupita: entre la esperanza y el olvido

Caracas, 15 de junio de 2018.

Por: Héctor Ignacio Escandell Marcano.

@hescandell 

El avión levantó su gran trompa a las cinco y cincuenta de la mañana rumbo al sur-oriente. Los primeros rayos del sol se colaron por entre las nubes, que hacían de tripas corazón para mantenerse juntas.

El infinito mar pintaba de azul todo el Caribe que cabía por la ventanita de un usado y desgastado Boeing 737-200. En su interior, por las ranuras del caparazón, salían chiripas. Yo las espantaba con el instructivo de seguridad, aunque su contenido no advertía la presencia de bichos como parte de la tripulación. Sin duda, era el inicio de un “feliz” viaje a la periferia.

Al cabo de una hora -un poquito más, un poquito menos- las luces de advertencia se encendieron para alertar el uso del cinturón de seguridad. El aeropuerto internacional Manuel Carlos Piar ya estaba cerca y el aparato comenzó a descender. El puente Orinokia apareció de la nada -imponente-, le hice fotos y admiré la fuerza de sus pilares para soportar la embestida constante del río Orinoco. Ya casi tocando el suelo, observé los signos del óxido en las desoladas industrias básicas. Desde arriba, queda desnuda la propaganda oficial y los intentos desesperados por mostrar una realidad que no existe. Desde las alturas, Puerto Ordaz se deja ver transparente.

Ya en tierra, encendí la señal de mi celular y no funcionó. No había servicio, Movistar no hacía ni pío. Media hora después, estaba en el terminal buscando un carro que me llevara a Tucupita. Me esperaba una jornada de trabajo y un par de días para compartir con -viejos y nuevos- amigos. Las venas abiertas del desastre económico muestran sus múltiples caras en el servicio de transporte. El pasaje costaba un millón de bolívares en efectivo o tres millones por transferencia. ¿Ya saben cuál opción elegí, verdad?

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