Ilustraciones de Joine Ramos / Tanetanae.com.

Las olas golpeaban con más agresividad el bote. La chica que lo acompañaba a su derecha, pronto vomitó. ¿Era el fin de Matías Velásquez? Cerró sus ojos, pensó en sus hijas, en Dios y se aferró a un improvisado asiento, que tomó con todas sus fuerzas.

Apenas tomó un viejo bolso pequeño y desgastado, introdujo algunos documentos personales, varios contactos que tenía anotados en unos papeles y salió de su casa, en La Perimetral de Tucupita. Salió solo porque su esposa y dos hijas pequeñas no quisieron despedirlo ese día, no cuando ya lo habían estado haciendo desde hacía una semana en medio de prolongados lloros, cuando él decidió intentarlo en Trinidad y Tobago.

Matías Velásquez es un joven de 25 años de edad. Tan pronto tomó su título de bachiller en el liceo Dionisio López Orihuela de Tucupita, comenzó a trabajar para ayudar a su novia, que ya estaba embarazada de su primera hija, pero rápidamente él vio recrudecer el sufrimiento de su nueva familia. A pesar de que madrugaba más y se acostaba tarde ayudando en un taller de reparación de autos, su ingreso monetario los hacía pasar hambre.

Por esos días, cientos de venezolanos abarrotaban las afueras de varias oficinas en Trinidad y Tobago, intentando ser registrados legalmente; un proceso que habilitó el gobierno de esa isla por 14 días. Matías leyó esta noticia como una gran oportunidad para él, pero aún no estaba seguro si podía hacerlo, aunque un conocido lo animó.

  • Vente, chamo. Todavía te da tiempo, aquí te resolvemos un trabajo con el patrón.

El proceso de registro de venezolanos ya estaba en marcha en Trinidad y Tobago, pero Matías aún estaba indeciso. Cuando estaba  solo, su conciencia no era tan pesada como cuando miraba llorar de hambre a su pequeña. Su esposa soportaba el sufrimiento en silencio, pero pronto sería  determinante para que su esposo tomara una decisión irreversible.

Él contactó a un  grupo de compañeros que conocían más de cerca los viajes ilegales, que parten desde Tucupita. Cuando obtuvo toda la información, supo que el pasaje superaba los 300 dólares, una cantidad que no lograba alcanzar. Al menos no, hasta que habló con su esposa: terminaron entregando una lavadora y una cocina con tal de intentar huir del hambre.

Tomó un viejo bolso pequeño y desgastado, introdujo en él algunos documentos personales, varios contactos que tenía anotados en unos papeles y salió de su casa, que queda en La Perimetral de Tucupita. Para que la despedida no siguiera desatando llantos, como ya había estado ocurriendo desde hacía una semana, procuraron que ese día fuese como uno más dentro de su cotidianidad: alistaron temprano  a las niñas y la mamá las llevó a la escuela. Las  hijas de Matías hasta ahora no lo han vuelto a despedir.

Todos abordaron lo más rápido posible un bote de fibra de vidrio, donde esperaban a los pasajeros. Bajaron por un barranco hasta el río. ¿En total serían unas 15 personas? Matías no pudo contar nada. Sus pensamientos estaban divididos entre aquella pequeña casa de bloque y techos de zinc, donde probablemente su familia también pensaba en él, y un futuro incierto en Trinidad y Tobago.

Zaparon aquel martes 11 de  junio, sobre las 4 de la tarde. El objetivo era arribar hasta un punto geográfico clave, todavía en Delta Amacuro, Venezuela, donde aguardarían para finalmente arribar a Trinidad y Tobago.

Keith Rowley, primer ministro de la vecina nación, ha dicho que ya no quiere más venezolanos en su país. Rechaza tener que convertirse en un espacio para albergar a todos los criollos que siguen huyendo de la crisis. Aseguró que iniciaría una nueva escalada de redadas para deportar a las personas ilegales.

José Luis Rodríguez, un activista defensor de los derechos humanos en el estado Delta Amacuro, estima que unos 60 mil venezolanos están en la isla, de los que, un 70%, son deltanos. La carga del bote donde Matías Velásquez viajaba, estaba por sumar.

El motor fuera de borda de 200 caballos de fuerza ya estaba encendido y minutos después, aceleró a toda velocidad por una ruta que la mayoría dijo desconocer. Todos, que usaban gorras, las sujetaron. Nadie hablaba, solo se miraban entre sí. Además de Matías, eran 11 personas embarcadas allí, con un destino incierto, bajo el sol. Él no había comido, pero de vez en cuando tomaba agua. No sintió más hambre desde la noche anterior al viaje.

Matías no recuerda exactamente cuántas veces se encomendó a Dios, ni qué fue lo que le prometió, si lo llevaba con bien. Habló de tantas cosas con él, que ahora no llegan a su memoria.

  • ¡Mi familia!, ¿y si este bote se hunde, si nos atrapan en el camino, y si nos caen a plomo, si nos meten preso antes de llegar?,  ¿de qué puedo agarrarme si nos trambucamos? El viaje transcurría entre nostalgia y temores para Matías.

Luego de  dos horas de viaje, el bote comenzó a tambalearse más, la brisa rosaba con más presión su rostro. El motor aminoró para que el encargado del viaje advirtiera acerca de lo que tendrían que pasar.

  • Aguántense duro, que vamos a pasar por una zona de marejadas, serán unos 20 minutos, pero viene más.

Las olas ya habían empezado a golpear al bote. En principio eran como latigazos leves, pero después fueron vaivenes. Todos creyeron morir. Pero en el fondo, allá en la parte del motor, donde se timonea, una sonrisa se dibujaba en el rostro del hombre que tenía sus vidas al volante. Matías no supo si tranquilizarse o preocuparse más.

Transcurrió un poco más de 15 minutos y ya estaban en la costa, al norte de Delta Amacuro. Ese lugar donde todos llaman “la barra”.

  • Lo que vieron, no es nada delante de lo que nos espera, dijo el Entonces fue cuando Matías comprendió aquella sonrisa, que había confundido como macabra.

Apenas salieron de un caño, finalmente vieron la inmensidad del mar, al caer la noche.  Avanzaron por la orilla lentamente, con el vaivén de enormes olas, que nadie quería ver. El agua era de color marrón. La fuerza del río Orinoco todavía se dejaba sentir entre el agua salobre. Todos podían mirar el verdor de los manglares a un lado de la orilla, pero cuando procuraban ver otra orilla, no era posible: solo se escuchaba un fuerte chapoteo, que en algunos momentos parecía ser el rugir de algún animal.

La embarcación atracó en un lugar desconocido, frente al mar. Todos pudieron moverse. Estirar sus piernas y beber más agua. ¿Quién podría tener hambre en medio de la incertidumbre de, si seguir con vida o no, al final del día? Matías no creyó lograrlo, pero sabía que debía entregarse en cuerpo y alma al mar, por el bien de su familia.

A las 11 de la noche sonó un teléfono celular entre quienes estaban en el bote. Era la llamada que confirmaba que el viaje podía continuar, esta vez, sin mayores atajos, rumbo a Trinidad y Tobago.

A una gran parte de la costa del estado Delta Amacuro llegan las señales de telefonía móvil de algunas empresas de Trinidad y Tobago. Esta ventaja es aprovechada por los venezolanos que intentan tomar una nueva vida lejos de la crisis; buena o mala, pero lo intentan.

El viaje debía continuar. Esta vez aquella diminuta embarcación surcaba  el inmenso mar en medio de olas, que veían como paredes que se derrumbaban sobre ellos.

El motor aceleraba y desaceleraba, todo dependía del tamaño de las olas.  Todos permanecían callados, hasta que, en un momento, una marejada llegó a echar agua al interior del bote, entonces fue cuando se escucharon  los gritos de las mujeres. El mar golpeaba con más agresividad el bote de fibra, la chica que lo acompañaba a su derecha pronto vomitó. ¿Era el fin de Matías Velásquez? Cerró sus ojos, pensó en sus hijas, en Dios y se aferró a un improvisado asiento, que tomó con todas sus fuerzas.

En medio de la noche todo resultaba más caótico, Matías tenía pocas esperanzas, aunque la fe en Dios lo mantuvo calmado.

El bote subía y bajaba. Mientras eso ocurría, Matías sentía vacíos en su estómago, la cabeza comenzaba a darle vueltas y vomitó. Estuvo más débil, y sus manos, esas  que sostenían el asiento, se acalambraron. Solo oía de lejos los gritos de mujeres, hasta que todo comenzó a calmarse.

El motor disminuyó casi a cero su velocidad, hasta llegar a tocar playones. A lo lejos, entre la oscuridad, un pedazo de tierra lleno de árboles  los esperaba.

Pero todos debían desembarcar allí, entre el agua. Rápido, lo más rápido posible antes de que funcionarios de la guardia costera de Trinidad y Tobago los descubrieran. ¿Sería la una de la madrugada? Matías ya estaba en el mar, con el agua que le llegaba hasta el cuello. Pero él es alto, otros tuvieron que nadar.

Las olas rebasaban su cabeza y mojaban su cara. Él seguía caminando. Habría preferido quedarse en el bote. Pero ahora está allí en el agua, entre peces que podrían atacarlo.

Una vez en la orilla, todos se adentraron hacia un bosque, y esperaron por sus llamadas correspondientes, que finalmente nunca recibieron.

A las 2 de  la madrugada llegó un primer auto. Desde este se oyeron suaves llamados, mencionando a unas cuatro chicas, quienes,  tras dudar, abordaron la camioneta y se marcharon. Pero Matías todavía nadie pasaba por Matías.

Estando mojado, no sintió frío. Solo quería salir de aquel bosque. Y Finalmente fue así. A lo lejos logró escuchar venir un carro, estando cerca del mar, comenzaron a  gritar su apodo. Era uno de sus amigos. Matías respiró profundo y  se montó al carro.

La oscuridad  fue quedando atrás, entre matorrales  y malezas. Al frente, tenía las esperanzas y sus sueños.

El protagonista de esta historia no ofreció más detalles acerca de su estadía en la isla, pero asegura estar bien. Está trabajando y cree estará legal en los próximos  días, con la ayuda de sus “jefes”. Su nombre fue cambiado para preservar su integridad en la vecina nación.

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