El “año e’ la pera” llegué a Delta Amacuro. En Ciudad Bolívar me habían credencializado para trabajar como Maestro de Campo y Cría en la Escuela Granja Santa Catalina. Una oportunidad para combinar mi primera profesión de Perito Agropecuario, con la docencia de niños en 4to, 5to y 6to grados.

Pasados algunos años, y por gestiones realizadas junto a las maestras Nancy de Ordaz y Arelis de Mejías, logramos que, en Tucupita, autorizaran la creación de un liceo para ese pueblo deltaico llamado Santa Catalina.

En ese Ciclo Básico Común comencé a trabajar como profesor de Geografía General. Con esa nueva tarea nació un nuevo maestro, aunque ya había aprendido a mirar desde el corazón a mis alumnos. Desde esa nueva posición, junto a un pequeño grupo de “Profesores No Graduados” aprendimos a no ver defectos en los alumnos, sino a mirar en ellos un universo de dones esperando ver la luz.

Esa “profesión asimilada” se convirtió en algo mágico… Entrar en clase era como contemplar el amanecer de las estrellas, que cuanto más las miras esperando su belleza, más hermosas se tornan, multiplicándose hasta el infinito…
Felizmente, a aquel grupo de profesionales no docentes, nos asignaron como Supervisor a un experto en la materia docente y en la pedagogía, el profesor César Augusto Romero, quien nos enseñó los requisitos necesarios para ser un buen maestro:

En primer lugar, amarse a sí mismo. No se puede ayudar a otro incondicionalmente sin haber conquistado esta necesidad interior. Tenderíamos, sin ser conscientes de ello, a utilizar al otro para que hiciese la conquista por nosotros; el “victimismo” sería una tentación constante, y tarde o temprano, sentiríamos el mordisco de la decepción, al no poder darnos la otra persona lo que le demandamos.

Segundo: Amar a la vida sin reservas. ¿Cómo puedo preparar para la vida si no la quiero…? Sentirla como un misterio a develar, como una oportunidad para crear, como un camino hacia el corazón del otro, como un espejo de mi propia belleza interior…

Tercero: Amar también sin reservas a la persona que pretendemos enseñar.
Cuarto: Provocarla. Este paso es imprescindible si queremos ser matriz de los potenciales que encierra el educando.

Quinto: Es el ingrediente que permite integrar todo lo anterior, se llama confianza. Esta es la base de la amistad junto con el amor. Un verdadero maestro, es amigo, en su sentido más profundo, de su alumno. Algunos compañeros tienen pavor a emplear esta palabra en el contexto educativo. Para mí, si no se atraviesa este puente, habrá siempre una zanja que impedirá una educación radical, en el sentido bello de la palabra. Este pensamiento camina a la par con la idea de que no se puede enseñar, si a la vez, no se está aprendiendo; lo cual implica ver al educando también como educador, y por lo tanto, como un igual. La amistad puede tomar infinitas expresiones, siempre habrá algunas, que lejos de menoscabar la autoridad del profesor, la reafirme.

Esas enseñanzas fueron grabadas en mi corazón y en mi cerebro, con áureos buriles. Tanto que hice de la docencia una nueva profesión que me precio de tener, preocuparme, ocuparme, y por la que doy la vida misma, pues me ha permitido enseñar y educar a mi familia y a tantos discípulos que en todos los niveles de la educación me han permitido ofrecerles mis modestos conocimientos.

A mis familiares, amigos, colegas, hermanos del EMC que con dignidad atesoran el titulo de Educadores, FELICIDADES EN NUESTRO DÍA DEL MAESTRO!

 

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