mayo 14, 2020

Yo debía estudiar, creo, como sexto grado de primaria y tendría unos 9 o 10 años. En casa éramos tres; mi madre, enfermera auxiliar que trabajaba en la medicatura rural de una comunidad ribereña de un pequeño caserío a orillas del majestuoso río Orinoco, el caserío se llamaba si mal no recuerdo Araguao. Tanto la improvisada casita de madera con techo de palma de Moriche que fungía de escuela como la estructura arquitectónica que servía de dispensario de salud estaban enclavadas sobre el agua durante aproximadamente unos cuatro o cinco meses que duraba la creciente del río. Recuerdo claramente que el único medio de transporte para trasladarnos de la escuela a casa, que a la vez era la medicatura era una curiara pequeñita donde apenas cabían tres o cuatro personas que apretadamente se acomodaban en las tablas que hacían las veces de asientos. Cuando pasaban lanchas a motor que producían olas más o menos fuertes, a la curiana a canalete le entraba agua y había que achicar rápido con una totuma que siempre iba a bordo de la curiara para tales fines.

Las casitas de madera quedaban distantes unas de otras y mientras duraba la creciente del río nos comunicábamos entre vecinos por medio del liviano transporte. Por cierto, habla cerca del dispensario una modesta bodeguita que vendía productos esenciales para la vida en sociedad rural. Fósforos, velas, kerosene, aceite, sal, casabe, creolina para espantar las culebras que abundaban en la época en que el río crecía exageradamente durante los meses de agosto, septiembre y octubre.

Lejos del caño de Araguao, a unas tres horas en transporte a motor, quedaba una misión evangelizadora católica de los padres capuchinos denominada la Misión de Araguaimujo, localizada en San Francisco de Guayo. Ahí sí había más concentración de población estudiantil, tanto de hembras como de varones. La escuela era considerablemente más grande y tenía comedor y dos turnos (matutino y verpertino). Los maestros y maestras eran en su mayoría sacerdotes y monjas de la Orden Capuchina que dependían de la iglesia San José, cuya sede central estaba en la ciudad de Tucupita. Me gustaba saber que en la Misión de Guayo enseñaban a hablar la lengua guarao a los estudiantes criollos y a los indígenas de la etnia les enseñaban a hablar y escribir español. También en la escuela había una materia que dictaba un sacerdote para los alumnos que estudiaban tercer año de bachillerato; era el latín. Inglés era obligatorio cursar porque formaba parte del pensum regular de la escuela en el Ciclo Básico.

Los curas capuchinos insistían en clases sobre la obligatoriedad de cantar el Himno Nacional en lengua guarao y luego en idioma castellano. Nos decían que la enseñanza debía ser intercultural bilingüe por exigencias y mandato del Ministerio de Educación. Cuando pasaba cada quince días la lancha con el motor Evinrude y hacía una breve escala en Araguao para saludar y tomar algún refrigerio o un café, los maestros capuchinos dejaban algunas cartillas bilingüe español-guarao/guarao-español con dibujitos e ilustraciones que acompañaban las palabras.

Por ejemplo, la palabra agua venía ilustrada con una imagen del río; la palabra bagre se acompañaba de una foto de un pescado que lucía unos hilitos que sobresalían como unos bigotes del pez color grisáceo con rayas negras que le decían bagre rayao; la palabra curiara, por la letra C, iba acompañada de una pequeña piragua de color negro idèntica a la que nos servía de transporte para ir a la escuela. Y así sucesivamente hasta la letra Z, todo el abecedario de la cartilla estaba preciosamente ilustrado con imágenes y fotografías en color. La letra M, ilustraba un mosure y la D, tenía al lado una imagen de un delta con infinitos brazos de agua que desembocan en el océano. Me agradaba mucho asistir a la escuela de Araguao pero mi sueño era ir a estudiar a la escuela grande de Araguaimujo.

El señor Golindano, nuestro vecino que atendía la bodeguita, tenía una escopeta de dos bocas con la cual solía salir a cazar báquiros salvajes, lapas y chigüires. A veces llegaba con unos patos montañeros que pesaban hasta tres kilos y su mujer preparaba un talkary de pato con cangrejo de río que resultaba una delicia de manjar en aquella pequeña comunidad alejada de la civilización urbana. Golindano era muy generoso con los vecinos, no escatimaba esfuerzos para compartir el resultado de su cacería y cuando regresaba de la jornada de caza la gente lo recibía con jolgorios y júbilo. El regreso de Golindano de la montaña era celebrado con alegría en la pequeña comunidad fluvial; Araguao se convertía en un pequeño falansterio de fraternidad y cooperación entre gente humilde y sencilla que habitaba y compartía sin mezquindad sus enseres y atavíos.

@rattia

https://www.elnacional.com/opinion/el-cano-de-araguao/

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