El corazón de Fe y Alegría tiene 18 años latiendo en las comunidades waraos

El Movimiento de Educación Popular, Fe y Alegría, nació en Caracas, pero poco a poco se fue extendiendo en cada entraña de los pueblos más recónditos de Venezuela. Su proyecto, ahora edu-comunicativo, abarca todo el territorio; desde la Guajira hasta el Delta del Orinoco. No es para menos si se toma en cuenta que, para su fundador, el Padre José María Vélaz, era prioridad llevar esta iniciativa a los lugares donde no llega el asfalto, y así se ha cumplido.

En el año 2000 Fe y Alegría inició un proyecto educativo en Delta Amacuro que ya casi arriba a las dos décadas. Inicialmente, Pedro Martínez asumió junto a Amador Medina, la tarea de alfabetizar. Ahora Diógenes Colina sigue la misión que fue emprendida.

Fe y Alegría ha sido un ejemplo de constancia en tiempos difíciles para la educación en Delta Amacuro. Escuelas derrumbadas, falta de transporte y la entramada geografía, no han aminorado los abordajes educativos entre los caseríos indígenas, contrariamente, han inspirado más el proyecto.

Ocho Centros Comunitario de Aprendizajes (CCA), dos parroquias y 334 participantes, forman parte de la iniciativa educativa actual que se desarrolla en esta región.  Próximamente se abrirá el noveno CCA en la selva, con lo que se pretende aumentar la matrícula escolar.

Todos los estudiantes son del pueblo indígena warao, sin oportunidades de estudios en las escuelas formales, algunos por la edad, otros porque jamás asistieron a instituciones primarias, y están los que desertaron.

Compromiso hasta lo más profundo

Nadie lleva la educación de forma sostenida y metódica a la selva. Por eso Fe y Alegría asumió el reto desde el año 2000.

Ya han pasado 18 años y la labor sigue tan viva como el primer día.  Diógenes Colina asumió el relevo de Amador Medina y Pedro Martínez. Las escuelas siguen abiertas, enseñando desde la primaria y con una cercanía social que nace de la empatía cultural, ya que, Colina, es un warao.

El amor se construye desde el piso

No hay aula ni escuela formal, no hay pupitres, ni docentes remunerados por el Ministerio de Educación. Solo una casa sin paredes, un río con un puente de madera, la selva como vecinos y los animales como compañeros.

Cada jornada educativa se realiza en una casa de algún participante, donde el piso sirve como pupitre, y una columna de madera, como base para una pizarra acrílica que se mueve cada vez que pasa la brisa.

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