Rafael Rattia / Imagen de cortesía.

Rafael Rattia

Cuando acercaba el mes de diciembre se vislumbraba
tempranamente el ambiente festivo en calles del pequeño villorrio. No
habìa que ir muy lejos, sòlo tenìamos que ver las caras de los
transeùntes, por doquier se solìan ver transeùntes y paseantes
risueños y la Radio Tucupita era esa caja de resonancia que daba
cuenta de las actividades programadas para festejar las fechas o
conmemorarlas, segùn fuera el caso. Los empleados pùblicos
dependientes de la Gobiernaciòn, de los ministerios y de los
institutos autònomos esperaban con ansiedad el pago de aguinaldos y
bonificaciones de fin de año. Los almacenes de mayor prestigio que
vendìan calzados y ropa de marca desde tempranas horas de la mañana se
atestaban de gente en procura de comprar ropa nueva porque diciembre
estaba cerca y era menester renovar los atuendos y prendas de vestir y
ponerse a tono con la festiva fecha decembrina. A mì me gustaba ir a
vestime y calzarme en el Almacen «Para tì» porque yo me ufanaba de ser
amigo del señor Bitar y de su esposa, la señora Rosita; ademàs, el
càlido trato y excelente atenciòn que me proporcionaba «mosieur Bitar»
era de antologìa. Èl insistìa en buscarme la cajita donde venìan los
calzados nuevos que recièn compraba para que me llevara los «viejos» y
los mandara a repara y yo amablemente le decìa que no, porque pronto
en dos o tres meses volverìa a por unos nuevos pares de calzados. La
mayorìa de los comerciantes y dueños de tiendas de expendio de telas,
ropa y calzados en Tucupita eran de familia provenuentes del Lìbano y
se adptaron tan bien a las costumbres y rasgos de vida sociales y
antropològicas deltanas que en poco tiempo los deltanos los veìamos
como a uno màs de nosotros. Nos encontràbamos los domingos en la misa
de las 7 de mañana o en la misa de las 6 de la tarde. A la salida de
la misa que se efectuaba en la iglesia San Josè, ubicada en la Calle
Manamo cruce con la Avenida Arismendi, los hijos de los emigrantes
libeneses se queban platicando con nosotros los nativos y nos
confundìamos en misma y ùnica realidad humana. Me gustaba sobremanera
ese «sincretismo socio-antropològico». Por supuesto que no habìa
hambre en el Delta. En cada casa, por muy humilde que fuera, habìa un
ambiente que a su manera exhalaba olores a guisos de hallacas y pollos
asados o perniles horneados. No se podìa salir indenne de alguna casa
que fuèramos a visitar; mìnimo una cerveza habìa que beberse para no
pecar de descorses con los miembros de la familia visitada, no fuera a
ser que algùn miembro de dicha familia murmurara alguna frase a drede
del tenor; «no a ese se le subieron los humos a la cabeza y como somos
pobres, ay sì, ahora anda con esos desplantes».  Mis recuerdos me
retrotraen imàgenes tan nìtidas y tan vivaces que aun puedo sentir que
mi memoria percibe esas fragantes ambientaciones callejeras
decembrinas de Tucupita. Cuando estudiaba 4to y 5to año en el liceo la
plaza Bolìvar se convertìa en bullicioso escenario de conjuntos de
gaitas y la sociedad deltana se acercaba a la plaza con sus hijos y
familiares a deleitarse con las gaitas. Recuerdo a Jesùs Aumaitre y
sus alegres gaiteros. Era todo un acontecimiento cultural de
indescriptibles jolgorios y la vida era toda plenitud y gozo. Se comìa
y bebìa a placer sin reparar en cantidades. Desde los ùltimos dìas de
octubre y primeros de noviembre Tucupita se convertìa en pequeño mundo
alucinate de reconciliaciòn y concordia social. Recuerdo que algùn
amigo me dijo un dìa de diciembre; vamos a visitar a tal persona y yo
me neguè aduciendo que entre ambos no existìan las mejores relaciones
ni polìticas ni de cordialidad. Mi amigo insistiò en ir  y yo accedì.
Cuando llegamos a casa del amigo en comùn, la persona en cuestiòn se
amocionò tanto por la visita que querìa botar la casa por la ventaja.
No encontraba què prodigarnos para hacernos sentir como unos
«reyes»… Cualquier desavenencia o desacuerdo se saldaba y subsanaba
en diciembre con una visita en los dìas previos a la navidad…
Obviamente, no habìan sembrado la semilla mala del odio social y el
reconcomio polìtico entre las familias venezolanas. A lo màs que
podìamos llegar en materia de diferencias era a ser «adversarios»
naturales con diferencias  de perspectivas ideològicas pero jamàs a
vernos como «enemigos polìticos» antagònicos e irreconciliables  a
muerte. Esta subcultura de si te veo la cara no te quiero ver los pies
es de ahora de la nefanda època chavista, revolucionaria y
comunista… pues, no olvidemos que la divisa del Sambo resentido
social era «divide y reina».
Hoy, en pleno año 2020 a pocos años de cumplirse el primer cuarto de
siglo del siglo XXI, las casa en Venezuela lucen deslucidas, sin
pintura, descascaradas y en franco deterioro… la casa (oikos, hogar
en griego) està completamente devastado. Ni una sola familia en
Venezuela està completa numèricamente, la mitad de cada familia se
encuentra en el exilio, el transtierro, huyendo de la hambruna o
afincada en cualquier punto del planeta realizando los màs
inimaginables oficios y desempeñando las màs extrañas profesiones para
enviar una remesa de divisas a los familiares que quedan en Venezuela
para evitar que sus miembros mueran de inaniciòn y de hambre… Hoy
Tucupita es un territorio poblado de espectros y fantasmas que caminan
como zombies por calles y avenidas en procura de un bocado de alimento
inexistente. El 70% de los habitantes del Delta estàn enfermos o
padecen de alguna patologìa asociada al hambre y la desnutriciòn. Sòlo
un 5 o 7% de los deltanos pueden alimentarse de acuerdo con los
paràmetros de una dieta balanceada, nutricionalmente aceptable: son
los miembros de esa odiosa clase polìtica de «enchufados» cuyos
negocios medran de las actividades comerciales ilìcitas…

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