La oposición deltana esperó hasta aproximadamente las 12 m del pasado sábado, para ingresar a la plaza Bolívar de Tucupita.

A pesar de que hubo un leve intento de impedirle el paso, los funcionarios cedieron y el río humano pudo tomar el parque anexo del lugar.

Para ese entonces, la gobernadora Lizeta Hernández se había retirado, quedando los partidarios del oficialismo en el centro, rodeando la estatua del Libertador Simón Bolívar, mientras departían al son de agrupaciones en vivo y de la música encapsulada que brotaba de los altoparlantes.

Como pudo, el sector opositor instaló un camión en las adyacencias y desde allí la potencia de las cornetas reprodujo claramente las intervenciones de sus líderes, incluyendo la transmisión en vivo de las palabras de Guaido, en la capital de la República.

Al fondo y al costado de la concentración opositora, se erguían los funcionarios policiales y militares encargados de resguardar el orden público con sus petos al frente, y hacia ellos se dirigieron repetidamente quienes tomaron el micrófono, sin lograr conmoverlos. No es necesario reflejar la intensidad y el calibre del mensaje.

Por fortuna, no hubo incidentes que lamentar y a pesar de las limitaciones impuestas por los gendarmes públicos en los accesos al centro de la ciudad desde tempranas horas, la oposición esperó pacientemente y completó la jornada según lo previsto.

En esta ocasión, los oficialistas se concentraron desde las 7 am, en varios puntos estratégicos, con la pretensión de tomar la delantera a los opositores, algo que pudieron hacer brindando la oportunidad de que estos últimos se organizaran con mayor calma.

Los líderes del gobierno y sus afectos pretendían dar un golpe de efecto, brindando la sensación de que superan numéricamente a sus rivales y disuadiendo, en virtud de su cantidad, cualquier intento de trasladar la protesta hacia espacios álgidos como la gobernación.

Hubo fervor en ambas concentraciones, unos acudiendo, a instancias de sus jefes de oficina o de los coordinadores políticos, y otros, en la presunción de que algo podía suceder en cualquier otro lugar del país, que promoviera cambios rápidos en la direccionalidad política.

Al comienzo de la tarde, las concentraciones se fueron diluyendo y Tucupita fue una vez más, la ciudad extremadamente tranquila que viene siendo desde que comenzó la migración y la crisis económica obligó al recorte de los gastos personales.

Nuevamente, se demostró que los cambios deben macerarse como el vino en la tinaja, y que ninguna realidad política por más latinoamericana que sea es igual a otra, experiencia intima que ya deberíamos haber digerido.

Nuestra situación es crítica, requiere de medidas asertivas, de un despeje ideológico, y de la colaboración de todos para salir adelante, lamentablemente, la extrema tensión política no ayuda a encontrar el camino.

La capital deltana demostró ser acentuadamente democrática y ojala lo siga siendo. También democrática y consensuada debe ser la salida, lástima que nos cueste tanto entenderlo.

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