Nos hemos vuelto tan descreídos, indiferentes, indolentes, en fin antiparabólicos, que al observar un vehículo estacionado varios días en la vía pública nos preguntamos: ¿cuánto tiempo más tendrá que pasar para que lo roben?

Lo peor es que sencillamente lo vemos sin ni siquiera mover un dedo para advertirle a su propietario que debería tener un poco más de cuidado. Cada quien anda pendiente de lo suyo sin prestarle atención a lo que pueda estarle sucediendo al prójimo.

No es que toda la responsabilidad sea nuestra, tampoco las autoridades lo hacen, hace poco vimos a una adolescente frente al gimnasio caminando vía San Rafael a medianoche y cuando nos ofrecimos a llevarla nos comento que habían pasado dos patrullas a su lado y ni siquiera se habían detenido a preguntarle hacia donde iba.

La tan cacareada unidad vecinal, el trajinado concepto del hombre nuevo, la manoseada mención del poder popular, parecen no existir, aquí prevalece el sálvese quien pueda.

A un vecino de la avenida Guasina, al frente de la placita Vargas, lo dejaron a pie, no hubo quien le dijera que Tucupita no es la de antes y los carros deben estar a buen resguardo.

Por cierto 10 años tenía el hombre estacionándolo allí, al frente de su casa, y nunca le había pasado nada. Venezuela es otra.

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