Foto: archivo web.

Ese día estuvieron muy cerca de los “musimos”, unos seres cuya historia entre los indígenas waraos ha registrado como “guerreros de ojos rojos”, en Delta Amacuro; una entidad ubicada más al sureste de Venezuela.

Para unos, los “musimos” son indígenas, para otros; son espíritus. Hay quienes afirman que son personas con capacidad de convertirse en cuanto ser vivo quisiera.

Justo al amanecer del lunes, en junio de 1992, Ángel Machado y Anita Gómez, zarparon hacia su conuco, al otro lado del río Araguao, que bifurca con el caño Nabasanuka, a treinta minutos de navegación en canoa.

Allí había ocumo chino, cañas, cambur y plátano, que nueve meses antes había sembrado la pareja.

Era un día tranquilo, la brisa soplaba con habitual fuerza y agitaba las olas que hacia tambalear a cualquier embarcación o lancha que retara su poder.

Antes de salir, se habían vestido con ropa de trabajo. Él usaba un viejo pantalón jean de color azul, y ella, una “nawa” – vocablo warao que significa ropa -, este era una un harapo a punto de rasgarse, pero era la ropa de “brega”.

Ángel ya había afilado el colin y alistado el hacha. Se disponía a ponerse sus botas de plástico amarillo cuando fue interrumpido por sus dos hijos, y con una palmada, anunciaron que querían ir al conuco también.

Es normal que en la población warao los hijos acompañen a los padres al conuco, a la pesca o la siembra; es parte de un proceso de transmisión de conocimiento ancestral que ha sido la escuela de varias generaciones.

Aprovecharon la fuerte brisa para surcar el río Araguao con vela, hasta el caño Detanoko – lugar de sustos -,  donde llegaron sin mayores contratiempos.

La jornada transcurría normal. Ángel cargaba parte de su cosecha a la curiara, y Anita descansaba bajo la sombra. Había ayudado en la labor de sacar ocumo y cortar un poco de leña, mientras sus dos hijos esperaban a poca distancia.

El inicio del misterio

En un momento, los padres perdieron contacto visual con sus dos pequeños pero aún escuchaban sus conversaciones; hasta que un silencio sacudió a la pareja: el ambiente se tornó extraño, las olas parecían emitir mensajes que no entendían, los pájaros volaron en desbandada de los árboles.

Cuando esto ocurre, los waraos saben que algo está mal, un mal presagio. “Algo habremos hecho mal que la madre tierra se molestó”, suelen decir los adultos, por lo que emiten palabras de disculpas y se retiran inmediatamente del lugar.

Esta vez pasó más allá del susto. Sus hijos, una hembra y un varón de 9 y 11 años, habían desaparecido sin dejar rastros continuos. Solo una hilera de huellas que se cortaban de forma inexplicable en algún punto.

Los padres los buscaron, y al no hallarlos, volvieron a Nabasanuka. La noticia inmediatamente corrió como pólvora en el caserío warao, pero la alerta se limitó a una posible jugarreta de niños traviesos. Eran las 10:30 de la mañana, y un grupo de familiares se unieron a la búsqueda de forma infructuosa.

La preocupación fue mayor cuando se hicieron las 4:00 pm. Los niños no aparecían: ni los gritos, ni el rastreo de zona, habían servido.  Esto causó tal angustia, que se extendió entre los miembros de la comunidad que, temerosos,  se sumaron a la desesperada búsqueda sin resultado. Llegó la noche y la búsqueda tuvo que suspenderse ese día.

Ya el martes desde muy temprano, las autoridades tradicionales organizaron a la comunidad para la búsqueda zonal, esperaban concentrarlos si ampliaban el lugar y rastreaban la isla que comprendía aquel terreno de lodos. Así lo hicieron, pero tampoco encontraron a nadie.

La búsqueda se puso pesada por lo fangoso del terreno, se escuchaban el golpeteo sin respuesta de las alas del sangrito, muy útil para estas circunstancias, mientras grupos de personas se encontraban de frente, después de venir unos en dirección contraria al otro.

Ese día se suspendieron las clases. La docente Salvadora Calderón, lloraba a las puertas de su salón, porque era su maestra.

Él se llama Santander y ella Arcidelia. La búsqueda sin resultado ocurrió el tercero, cuarto y quinto día, pero la buscadores ampliaban esfuerzos hacia la isla vecina separada por un caño de seis o siete metros de ancho.

Al fin encontraron a los niños parados cerca de un gran árbol. Ellos estaban limpios y sin signos de haber pasado hambre, ni de haber soportado los embates de la naturaleza.

Lo que los niños relatan

Estaban los dos jugando, cuando una mujer idéntica a su mamá los llamó a un lugar apartado, y llegado al punto, perdieron el conocimiento.

Los episodios siguientes lo narran en forma intermitente. Recuerdan estar parados cerca de un gran árbol, rodeados de tigres, pero ya no recuerdan más.

En otro momento, recobran el conocimiento cuando están comiendo solos en algún lugar desconocido, sentados sobre las ramas de un árbol caído, y con olor a tigre.

Y en los momentos finales, describen las tierras altas de algún lugar del municipio Casacoima en Delta Amacuro, o alguna zona alta del estado Bolívar, muy lejos del punto de su desaparición.

Su descripción corresponde a las tierras rojas y rocosas del Delta y del estado Bolívar, que es imposible verlo en el lugar donde desaparecieron.

Asimismo, han relatado que no recuerdan momentos prolongados de su viaje inexplicable, tampoco cómo llegaron al sitio donde fueron encontrados, un lugar cercano desde donde desaparecieron aquella mañana del lunes, en junio de 1990.

Ambos tienen plena conciencia de lo ocurrido. Han vivido más de 29 años con este hecho inexplicable. En el 2018, ambas son personas de 32 y 34 años con una vida normal. El olor a tigre fue confirmado por las personas que los hallaron.

Los waraos señalan a los “musimos”, aborígenes Caribes con aire de leyenda entre los originarios del Delta del Orinoco, como los responsables de lo ocurrido.

Loading...
Compartir