Para comprender la crítica situación económica que afecta el país podemos emplear la figura de un avión.

Antes de comenzar con la explicación es necesario acotar que a pesar de la hiperinflación y la escasez que nos aquejan, no estamos ante un fenómeno extraño, es natural en una nación, de hecho la economía lo póstula como una de sus leyes, que se produzcan ciclos económicos de auge y depresión de forma consecutiva, uno detrás de otro, correspondiéndonos en este momento el buche negativo de la línea divisoria.

Volviendo a la idea planteada, nuestro país semeja un aparato de doble ala con dos potentes turbinas al estilo de los Boeing 737, en el que cada ala alberga un dinamo que representa por un lado, las riquezas que subyacen bajo el subsuelo, incluyendo el inmenso potencial agrícola, y por el otro, el adormecido sector industrial, que atraviesa por la parálisis de más de un 50% de sus activos.

Ambas turbomáquinas deberían impulsar la nave a nuevas y elevadas alturas, garantizando la estabilidad del vuelo; ninguna de esas dos añoradas situaciones acontece, ni nos acercamos al tope de nuestra capacidad productiva ni logramos escapar de la turbulencia.

En el medio, en el interior del fuselaje, viajan a la cabeza el piloto y su equipo, el gobierno de la nave, ocupando la mayor parte del espacio los pasajeros.

El poder ejecutivo del avión trazó un plan de vuelo hace mucho que no ha logrado desarrollar, en la génesis del proyecto revolucionario está previsto que el país debe avanzar progresivamente hacia el estado comunal, dejando atrás la conformación actual de la administración pública centrada en gobernaciones y alcaldías en procura de instaurar el gobierno del pueblo, algo que parece estar muy lejos de alcanzar.

El haber depositado la mayor parte de sus esfuerzos en la estructuración de un enorme aparato público, que fuera migrando hacia formas de política asamblearias donde se ejerciera la voluntad de las mayorías en el marco de relaciones solidarias, igualitarias, fraternas y libres, trajo consigo una inmensa burocracia que frena y paraliza las capacidades y posibilidades de resolver los ingentes problemas que nos afectan.

El gobierno puso un 80% del peso en un lado de la balanza, a favor del colectivismo y la planificación estratégica fundamentada en preceptos y premisas socialistas, olvidando por un momento el potencial que atesoran la iniciativa individual y el sector privado.

Los motores fueron perdiendo potencia reduciéndose cada vez más la capacidad instalada para extraer y procesar las riquezas que nos ofrece esta tierra de bendiciones y oportunidades al concentrarnos única y exclusivamente en un sector publico que se hizo elefantiásico, mientras que en paralelo el alza del precio del petróleo nos retrotajo a los tiempos en que éramos importadores casi absolutos de todo lo que consumíamos en detrimento del sector industrial.

Concomitantemente fue creciendo el cáncer de la corrupción encontrándonos repentinamente con numerosas causas abiertas a integrantes del sector petrolero que hicieron un festín con los bienes de la nación. En una de los casos explicaba el Fiscal General de la nación, llenaron barriles de petróleo con agua simulando haber incrementado la producción, ¡fin de mundo!

Estas cortas líneas, limitadas por el espacio de que disponemos, son apenas un abreboca del análisis que debe darse para llegar a comprender los verdaderos alcances de la situación que vivimos y la forma en que llegamos a este momento. Desde ese punto de vista, representan un pequeño aporte a un marco de discusión mucho más amplio.

Sin embargo, antes de culminar, quiero acotar algo en lo que he venido insistiendo, somos inmensamente ricos, el nuestro es un país joven con infinidad de personas preparadas, y el gobierno está cargado de buenas intenciones -quizá le haga falta flexibilizarse un poco-, si logramos generar la alquimia que combine en las cantidades adecuadas y justas esos elementos, de aquí en adelante lo que viene es pan comido. Escríbanlo.

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