Pedro Martínez S. | Tomado de «Huellas Tu Guía»

No es fácil apreciar una sonrisa más amplia y limpia que la de los niños guaraos. Ellos, sus padres, y sus abuelos, acostumbraron sus pieles a la lluvia y al río, al sol y a la selva infinita. Y el corazón, la armonía, al buen con-vivir, a la alegría profunda de las cosas simples, a la suave disciplina emanada de sus mitos ancestrales.

Hoy podemos ver al guarao en varias ciudades de Venezuela, unas veces encandilados –y rechazados- por el brillo fácil del desarrollo, otras ejerciendo como serios profesionales en las distintas ramas del saber.

Pero su tierra querida, su hogar primero, la niña de sus ojos está en “los caños”, las mil y una aperturas del Orinoco en sus barruntos de mar. El lugar donde las curiaritas se deslizan al amanecer sobre las aguas negras y brillantes de escondidos cañitos; el lugar de extensos morichales, de los que el guarao saca sustento para sus hijos, herramientas para el trabajo, fibras su arte; lugar cercano a las costas marítimas a donde se desplaza para ese gran encuentro de las comunidades y regocijo del paladar que es la “fiesta del cangrejo”, en las lunas menguantes de agosto y septiembre; refugio para sus antepasados; moradas de sus jebu o espíritus; vida en abundancia, tierra para el descanso definitivo.

Algunos estudios dan más de 8.000 años de antigüedad a la presencia de los guaraos en el Delta del Orinoco. Hoy cuentan con una población de más de 30.000, el segundo pueblo indígena más numeroso de Venezuela, después de los wayú. “Guarao” o Warao parece provenir de las palabras waja-arao: “habitantes de las tierras bajas del Delta de los caños”, frente al “jotarao” (jota-arao), que es el poblador de las tierras altas, como designan al resto de los venezolanos. Han sabido mantener su idioma con orgullo y esmero; no se le ha encontrado parentesco con ninguna otra lengua conocida, por eso se le suele caracterizar como independiente, aunque es probable que estuviera relacionado con alguno de los idiomas que se hablaban en las islas del Caribe antes de la llegada de los conquistadores europeos. Ha sido objeto de muchos estudios y motivo de deslumbramiento para lingüistas y poetas; no es para menos, cuando el amigo lo llaman maraisa (mi otro), al compañero de pesca, de trabajo o de conversa mamuaraisa (mi otro ojo), y abrir un libro es “hacer que brille” (karataemurakitane).

El pueblo guarao pide reconocimiento pleno, como venezolanos que son; y, a la vez, respeto por sus diferencias, por su cultura y sus tierras. Mejor atención médica para sus niños, mujeres embarazadas y ancianos; demarcación de las tierras colectivas que han habitado ellos por sus antepasados; escuelas pensadas desde la interculturalidad; saberse retratados en su ser pescador; su ser campesino, en sus prácticas medicinales y religiosas, en la sabiduría que destilan las narraciones de sus abuelos.

Si usted viene al Delta Amacuro y tiene la posibilidad de acercarse a las tierras del guarao, hágalo con el cuidado y la emoción con que se acerca a un buen libro, saboree despacio ese encuentro como si tratara de un vino generoso, hágalo con los pies descalzos, como Moisés ante la zarza ardiente, porque el terreno que pisa es sagrado.

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