Foto: archivo web.

Estaba a pocos pasos de llegar a la caja de pago, su cara estaba fijada en el piso, como si estuviese rogando, orando para sus adentro. Su rostro se mostraba desgastado, sudoroso y tostado por el sol. Era su turno, estaba nervioso en una farmacia de Tucupita.

La cola de los autos avanzaba muy lenta, el monóxido se concentraba en el aire; su olor era penetrante. Un grupo de personas hacía cola a las afueras de una farmacia, mientras el portero intentaba mostrar su cara más seria para mantener el orden en la entrada.

Una pareja también esperaba en la puerta. El padre se notaba cansado, pero también nervioso:

Se recostó  de la pared, segundos después miró hacia el techo. En su mano derecha tenía un papel que estaba húmedo y un tanto curtido.

A su lado, una mujer con un jean y una franela que evocaba una imagen de la Unicef. Ella, de piel morena y cabello negro, tenía en sus brazos un bebé que apenas vestía un pañal reusable y un par de medias de distintos colores; calcetines que le daban vistosidad al pequeño.

El papá estaba a  unos cuatro pasos de estar frente a frente con la cajera de la farmacia. Una chica maquillada, con lentes que emulaban intelectualidad, pelo rubio y senos a medio mostrar, pero no fue lo que intranquilizó al hombre que desdoblaba el papel húmedo que tenía en su mano derecha.

El frío del ambiente artificial y el olor a medicina impregnaba aquel recinto. En el fondo, cuatro cajeras esperaban por los clientes, aunque otras dos personas ya pagaban. La línea estaba lenta y hubo que esperar más de la cuenta.

El desconocido padre fingía una actitud de tranquilidad, con la mirada perdida en el piso, brazos cruzados y los pies golpeando una y otra vez el piso.

Por fin entregó aquel papel, era el récipe, aquella hoja que, probablemente, era la esperanza de vida de alguien más.

La cajera enumeró el precio de cada fármaco.

  • Este cuesta 3.700, este 1.800 y este 5.000 mil.

Todos los que estaban en la farmacia escucharon, y con cada monto expresado, miraban, inevitablemente, al padre. Aguardaban por su reacción.

Él bajó por un momento la mirada, parpadeó, y fue allí cuando todos vieron que aquel hombre sudoroso, de piel morena, lloraba, lo hacía con disimulo, pero estaba devastado, pero él no era el único.

Todos los clientes le acompañaron en su dolor, en ese impotente dolor. Quienes estaban allí miraban a otros lados como para olvidar aquella escena de tristeza, llanto y desesperanza.

La cajera se mostró avergonzada por el precio inhumano. Ella agachó la cabeza como queriendo decir que lo sentía tanto, o parecido, como el padre de familia. Posteriormente la chica cruzó mirada con su compañera.

Aquel hombre tomó de nuevo el récipe, sacó un viejo pañuelo simulando secar su sudor, pero ya sus ojos lo habían delatado. Él seguía llorando, todos también.

Respiró profundo, miró hacia la puerta donde lo esperaban su esposa y el bebé, y fue a su encuentro.

Todos quedaron en absoluto silencio, todos intentaban digerir lo sucedido. Querían  reanimarse, despertar de aquel sueño, un sueño que había sido real.

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