Emir Balza es un digno representante de la estirpe Balza. Con una encomiable particularidad, heredó la vena musical de su papá Eudes, y la pluma poética de su tío José, una yunta admirable.

Joven como lo fueron ellos cuando comenzaron a cultivar sus dones, le queda un largo camino que recorrer y un universo de mundos ficcionarios que aportar.

Una senda de autor que trazar, de cuyo principio somos testigos de privilegio y excepción.

Biografía

Emir Balza:

Nació en Tucupita, en el año (1995) tiene 24 años, actualmente estudia en la universidad territorial deltaica “Francisco Tamayo”, ingeniería en construcción civil, culminó el técnico superior universitario. A concursado en varios festivales, se inició como cantante a la edad de 8 años de la mano del maestro Máchelo Marín y de su padre Eudes Balza. Tuvo la oportunidad de ser escuchado por el cantautor venezolano Reinaldo Armas, de quien además recibió elogios. Logró posicionarse en el segundo lugar en un festival folklórico en el año 2005. Ha participado en varias ocasiones en el festival Deltanito de Oro, entre otros.

En la actualidad se encuentra experimentando en la nueva narrativa del relato venezolano, donde intenta lograr una destacada posición. Publicó sus primeros cuentos en el año (2017), en el Periódico Del Delta.

La hendija

La vi por la hendija de la ventana, aunque ella jamás supo que alguien en alguna parte de la ciudad estaba observándola. Callado, y fijamente, detallé a una joven de cabello corto, morena y muy delgada. Es bella me dije, sin sonido alguno.

Vestía un short alargado azul y una camisa blanca, y estuvo recostada por horas de un pilotín de concreto, revestido con hierro anti inoxidable; ella miraba al frente. Al otro lado de la carretera, en la acera circular de la esquina, veo un muchacho de estatura baja con piel cobriza, creo yo, cuyo nombre había escuchado en algún lugar, era algo como Jorge King; observo nervios en él, su rostro es algo extraño, como que mostrara una intriga en él.

Las horas transcurrieron lentamente, no era posible creer que hubieran transcurrido 4 horas y 45 minutos, pero lo supe en seguida al ver el reloj, al lado de la ventana enorme, donde yo me encontraba.

Luego llaman a Cecilia (siempre supe su nombre), es su abuela Ángela que le grita:

-ven a cenar, Cecilia –con picardía en los ojos y muecas en la cara ella se aleja hacia su casa. King cierra el negocio que atendía y va hacia el interior del mismo.

Al día siguiente, abrí suavemente la ventana y nadie absolutamente nadie estaba allí, entonces me dí la vuelta, caminé al refrigerador por un vaso de agua, lo fui tomando con lentitud. Solo escuchaba el sonido de mi garganta, entonces velozmente volví a la ventana, trepé a una silla alta y obtuve más visión del lugar.

De algún modo, no se cómo, capté que cada mueca en sus caras era un mensaje y cada mirada una respuesta; instantáneamente me di cuenta al verlos de nuevo, supe en seguidísima, que ambos guardaban en lo más oculto un secreto. Me intereso tanto que algunas veces ni podía dormir, solo por el simple hecho de comprobar la intriga que los envolvía. Yo quería saber tanto. Encontraría la respuesta en la ventana.

Al minuto ocurre un accidente en la vía principal, un motorizado se ha resbalado con aceite sobre el asfalto quizás derramado por algún vehículo. Me descuido un poco, volteo suavemente; intento volver a verlos, pero es grande la multitud que se ha acercado a ver lo que ha ocurrido; entonces me inclino desde lo altísimo de la ventana y solo logro ver algún zapato; de pronto me entra una desesperación enorme, que no la podía contener en mi cuerpo, mientras esta multitud pasaba con tanto alboroto, y cuando ya no se escuchaba el ruido incesante, respiro y digo ¡por fin!; intento ver nuevamente a Cecilia y a King.

Han desaparecido, me desconcertó mucho que no estuvieran en el sitio de siempre, fue tan extraño y todo ocurrió en segundos. Nada de ellos.

Estuve mirando la ciudad tantas horas que en realidad ya ni recuerdo cuantas horas habían trascurrido, pero como a las 5 y 30 de la tarde cuando se sentía tranquilidad en el lugar, aunque yo no estaba tranquilo, logro ver a lo lejos de la carretera a la muchacha, de quien estoy contándoles, Cecilia, que camina deprisa, cruza sobre la acera en busca de llegar a su casa, está tan sudada, que parecía que le hubiesen lanzado un balde de agua. Lo más raro es como a vente pasos de distancia, en la otra acera, a mano derecha, camina de la misma forma King y viene hasta más sudado. Muy nervioso, su mejilla temblaba, entro veloz a su casa, igual ocurrió con ella.

Creo que es la primera vez que ocurre: esa noche ninguno de ellos estuvo en su frente, y cuando yo dormía, me despierto con un sobresalto: se escucha un ruido fuerte, era un tropel inmenso y provenía de la casa de Cecilia.

Me inquieté mucho al oír a su tía gritarle:

-Mira Cecilia, tienes sangre.

Al principio me quedé impactado, ha ocurrido un acontecimiento jamás visto en la urbanización.

Carla, tía de Cecilia, enciende su Dodge gris, viejo, que tenía en el garaje, y con prisa lo saca rápidamente, se suben al vehículo con tanta desesperación y se alejan con los vidrios ahumados. Es en la madrugada, el viento soplaba tan fuerte que daba señales de llover.

Estuve desconcertado por varios días, que pasaron lentamente. La señora Ángela llevaba y traía sábanas y ropas y algunas viandas.

Después de largos días de impaciencia, el cielo estaba despejado y los árboles se estremecían con la brisa de la ciudad. Cecilia se ha bajado del vehículo de su tía, no me parecía ella, estaba demacrada y muy débil, lo imagine al verla caminar paso a paso con tanta paciencia y lentitud. Su tía la sujetaba del brazo, todo me

pareció tan claro que lo precisé en seguida. Con seguridad me digo, sin temor alguno, que estuvo en un hospital internada por una semana y ella tuvo una relación sentimental con Jorge King, también consumió algunos medicamentos y aborto a una criatura que crecía en su vientre, lo confirme tanto por haberla observado durante seis meses como por el murmurar de la gente.

(Junio, 2016)

Los cambios

Recostado en la ventana pude mirar en seguida algo resplandeciente, hermosos brillos sobre las hojas de un arbusto de cacao de agua, que estaba afuera, en el patio. Yo encantado había perdido la razón en minutos, no escuchaba sonido alguno, no pestañaba. Hechizado por la belleza de las hojas que brillaban en la noche oscura. La luna solo reflejaba su luz en esas hojas. Los demás arbustos estaban dormidos. De repente, pequeñas varillas verdes nacían del mismo arbusto y poco a poco abrían cuidadosamente. Y con ellas despertaba la flor más hermosa que mis ojos miraban por primera vez. Colores rojos, verdes, amarillos, anaranjados, acompañados de un perfume encantador que a lo lejos se respiraba.

Solo en la noche podía ver esto, en el día el mágico arbusto que era para mí ya no tenía su belleza.

(Octubre, 2015)

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