El tío Pichito, una vida de novela, por Gustavo Hernández Salazar

Hace unos días murió el doctor Simplicio Hernández Salazar, eminente médico, hermano de mi padre.

Pichito – diminutivo de Picho, como era conocido en la familia y entre sus amigos, su padre, mi abuelo, Simplicio Hernández Cedeño –  murió a los 92 años, después de vivir una vida plena, llena de aventuras que bien vale una o varias novelas.

El tío Simplicio se graduó de médico a principios de la década de los años 60 del siglo pasado en España. De inmediato, y por razones que no vienen al caso, se trasladó a Tucupita, en ese tiempo, capital del Territorio Federal Delta Amacuro, que para el momento era algo más grande que un caserío y no tenía conexión terrestre con el resto del país. Allí realizó hasta poco antes de su muerte una labor como médico y como activista social, reconocida por todos.

Recuerdo, por ejemplo, el día que papá llegó a casa, muy orgulloso, con un diario de Caracas que en su primera página informaba de una delicada operación alumbrada con velas porque falló la energía eléctrica. El tío Pichito estaba allí, salvando vidas en medio de las peores carencias materiales en un lugar alejadísimo de la República.

Simplicio Hernández no solo ejerció con dedicación y con bondad la medicina hasta muy avanzada edad, a los 85 años aun pasaba consulta, la mayoría de las veces gratuitamente, y hasta operaba; si no que, además, fue un próspero empresario del campo; en su hacienda emprendió una de las primeras explotaciones de ganado bufalino del país, sabia de las faenas del campo, y se transformó en un gran promotor de la cría de búfalos en Venezuela.

También ejerció con pasión la política. Fue perseguido y preso político de los adecos que lo acusaban de izquierdista y conspirador; de izquierda era, conspirador no sé. Fue gobernador de Delta Amacuro designado por el presidente Luis Herrera Campins, que era su amigo, ejerció la gobernación con un sentido progresista. En su mandato se realizó el primer congreso warao que fue todo un acontecimiento en la región. Fue senador de la República en el periodo 1994- 1999 – llegó a la vice presidencia del senado-  y, sobre todo, por décadas fue una referencia política de primer orden en el Delta.

Lo más destacable del tío fue su don de gente, su sensibilidad, su compromiso con los que nada tienen a los que jamás abandonó.

En su larga vida, el tío Pichito, que había nacido en Puerto Cabello, estado Carabobo, fue excelente padre, protagonizó una intensa vida amorosa, estuvo a punto de ahogarse 2 veces en las bocas del rio Orinoco después de sendos naufragios – se salvó luego de nadar varias horas -, sobrevivió a un prolongado secuestro y convivió largamente con el pueblo warao.

Cuando presentía el final de sus días, pidió a sus hijos que lo cremaran y que sus cenizas fueran esparcidas en su amado caño Manamo. Un gran final para una vida de novela.

Aunque vivió largo y tendido, su ausencia pega, un tipo así debería vivir para siempre. Adiós tío, siempre tu ejemplo estará por ahí…

Gustavo Hernández. Abogado, ex diputado al Parlamento Latinoamericano, dirigente de Alternativa 1.

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