Emir Balza: encuentros y desencuentros en dos cuentos breves

Emir Balza

El encuentro

Fue en San Rafael donde creyó ver aquellos seres, junto a él. Siempre en aquella orilla que lo separaba del inmenso río. De pronto entran gestos de la niñez que ya había olvidado. En la lejana orilla ve crecer la noche donde sueña estar despierto. Una palma se desliza entre el matorral. La voz del eco del Delta se escucha llamándolo y arreciaba la lluvia con un fuerte viento. El ramaje se deja ver con frutos tan naturales. El hombre tuvo que callar mientras esperaba ilusionadamente, a su amor. Esa vez soplaba un viento silencioso y ninguna cigarra se oyó pasar por aquel lugar y todavía él esperaba, mientras algún carrao se mirase pasear en el entorno. El hombre elegante, tomó inmediatamente su caballo. Y estaba vestido de blanco trayendo en su mano una rosa. Y entre los caimitos se observa a una jovencita sonriente y muy picaresca, donde las hermosas enredaderas le cubrían el cuerpo y solo se dejaba ver su rostro. El joven que cabalga se aproximaba cada vez más al encuentro y así sucedió. Y al verla dijo estas frases que para él, parecían una poesía: “contemplarte siempre, en estas noches de sombras, significa para mí algo muy profundo. Que no puedo explicarte, me siento como el espejismo del agua que captura las ramas de los grandes árboles. Es la ilusión de mis noches poder verte”. Se bajó del caballo la abrazó y tomando los caimitos se besaron probando así el dulzor entre sus labios.

(Noviembre 2016)

Emir Balza

La visita que no se cumplió

Pero todo en mi alrededor, no me ayudaba a olvidar, cómo seria su llegada. – y me preguntaba en ese grandioso rato incesante, en secreto mentalmente, _ ¿qué dirá al verme? ¿Qué sentiré? ¿Sabré responder sin que mi cuerpo, piernas, manos y mejillas tiemblen?

Entre preguntas simples, que para mí representaban miedos, ha sido terrorífico pensar en esa triste verdadera realidad. El tiempo velozmente suscitaba, aumentando cada vez más y tan deprisa se dejaba contemplar por aquel pueblecillo.

Desde muy temprano ese día, se había convertido en noche, nuestro sol, radiante, luminoso y vivo, se ha ocultado de una manera inesperada. El río cercano a la orilla del barranco, Frente a la casa vieja, en el se reflejaban solo ramas y los enormes arboles que dejaban desprender sus hermosas pálidas y arrugadas hojas. Eran bellas en el entorno del grandioso y fantástico Orinoco, (convertido ese día en un espejismo puro).

La llegada había ocurrido esa mismísima tarde. Nunca me imaginé sentirme cansado, distraído y agobiado por una fuerza que me descomponía total y delicadamente. Mis huesos crujían desesperados recibiendo el fino frío intenso. El dolor se apoderó un instante pero a la vez muy largo de mi cuerpo desmallado.

De alguna manera ella, se presento, muy cerca de mí. Aunque confieso, que ese día de nubes grises y negras, de sombras oscurísimas con brisas tan secas, de arboles entristecidos, quise conocerla, pero la profunda y cierta verdad, es que no tuve la grata oportunidad.

Alguien grito en ese pequeñísimo instante:

_ ¡Ha muerto! Y repitiendo nuevamente con gran alboroto.

_ ¡Ha muerto!

Mis palabras en ese momento fueron firmes y determinantes:

_ ¡Se presentó y se ha marchado ya del pueblo sin haberme encontrado!

(Febrero, 2017)

 

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