En la odisea de los deltanos a Trinidad se van los ahorros de toda una vida

Si una palabra define la odisea de los deltanos que viajan ilegalmente a Trinidad y Tobago, es descapitalización, por no decir, ruindad absoluta.

Al irse queman completamente las naves, venden todo cuanto pueden y se desprenden de sus bienes más preciados, en la esperanza de recuperarlos a vuelta de meses con el dinero que puedan ganar, encontrándose con la terrible circunstancia de que si no les va bien, al regresar no tendrán nada y se les hará cuesta arriba volver a adquirir aquello que perdieron.

Desde que logran abordar la embarcación en aguas de Venezuela, luego de tres o cuatro días de espera, hasta que ponen pie en su destino final en la vecina isla, dejan en el camino por término medio unos 400 dólares americanos. Esa cuenta es la de una persona, si son dos será el doble, si son tres será el triple, y así sucesivamente.

Al partir les exigen 300 dólares indicándoles que es lo único que deben cancelar, algo que no es cierto, ya que los operarios del sector en Trinidad y Tobago les harán saber al llegar, que el traslado en taxi, la permanencia en el refugio y su entrega a quien los busca, cuesta unos 800 titi (dólar trinitario), es decir unos 100 dólares más.

Obviamente los pagos no entrañan ninguna garantía jurídica ni la certeza de que permanecerán en la vecina nación, una vez liberados quedan expuestos a ser descubierto y deportados rápidamente en virtud de su condición de ilegales.

Son agrupaciones poderosas, bien organizadas y estructuradas, que al manejar mucho dinero, tienen herramientas para mantener su actividad en alza y evadir la acción de la justicia.

Qué pena que los deltanos no puedan invertir esos 400 dólares en una actividad redituable que les genere mayor calidad de vida en su estado y que deban exponerse a viajar, a la buena de Dios, sin garantías de nada, en procura de un mejor destino para simplemente vivir.

Nosotros, que fuimos ejemplo de lucha en el continente, hemos pasado a ser los colonos de una isla que recién ayer clamaba libertad, alcanzando su independencia apenas en 1976.

Por fortuna, en términos generales nos tratan bien, sabemos de historias de trinitobaguenses que han asumido la condición de protectores de nuestros connacionales y a los que debemos enorme gratitud.

A pesar de ser dos pequeñas islas de menos de millón y medio de habitantes, han comprendido que el gobierno de un país tiene básicamente dos funciones: generar oportunidades y ofrecer calidad de vida. Algo que por lo visto debemos aprender.

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