Por: Francisco Pérez

Al Detective Agregado Luis Alberto de los Reyes Rodríguez Zambrano, lo conocí en un pésimo momento para cruzarnos luego varias veces en la “urbe chiquita” que es Tucupita, cada vez con mayor agrado.

La primera ocasión, cuando pretendía vinculárseme con una organización delictiva, en un ajuste de cuentas de baja estofa por la incomodidad que generamos los comunicadores a algunos funcionarios de los órganos de seguridad, me conminó a que lo acompañara a la delegación deltana del Cicpc.

En el trayecto, corto por lo céntrico de mi lugar de trabajo y las oficinas del cuerpo de investigación, manejó el vehículo en forma circunspecta sin cruzar palabra, cumpliendo su cometido.

Posteriormente, libre de la pesada carga que significa ser sospechoso sin fundamento, retomando el ejercicio de mi profesión y viéndolo a menudo en sus menesteres, tomando en cuenta que eran forzosas las coincidencias en los cruces de caminos de un investigador y un reportero de ocasión, conversamos un día acerca de que era más apropiado para un investigador, llamarlo pesquisa, sabueso o detective, a lo que él respondió que le agradaba que lo llamaran pesquisa, indicándole que en mi opinión era más apropiado detective.

Más adelante, casi un año después de aquel primer encuentro bajo el signo de la sospecha, a fines de noviembre de 2018, en el acto aniversario del Cicpc, fungí como maestro de ceremonia y me lleve una agradable sorpresa al constatar en la entrega de reconocimientos que el pesquisa Luis Alberto, fue el Detective Agregado con mayor numero de participaciones en la resolución de casos complejos durante ese año, formando parte de casi todos los equipos que tuvieron a su cargo el esclarecimiento de los típicos cangrejos. Obviamente lo felicite augurándole un promisorio futuro y expresándole que dejara para los demás, a lo cual sonrió y manifestó su agradecimiento.

Recuerdo que, con motivo de la resolución del homicidio de un hombre por parte de su mujer y la amante de esta ultima de sexo femenino, conceptuado como el caso más relevante de los tantos resueltos en la época, me pidió que hiciéramos una buena publicación que pudieran rebotar a Caracas, para que tuvieran constancia de los esfuerzos que realizan en el Delta y participaran en los concursos para optar a un reconocimiento nacional y la publicación en la revista anual del órgano, favor que les hicimos.

En fecha reciente, le correspondió aprehender a un joven liceísta que acababa de arrebatar el celular a una Fiscal del Ministerio Publico, perdiendo sin reparar en ello las llaves de su Fiat Palio en medio del procedimiento. Las mismas me fueron llevadas a la cabina de radio Fe y Alegría, sin saber de quién eran; a la hora apareció Luis Alberto sonriente buscándolas. Le pregunte como sabia que estaban allí, y me respondió que por algo era pesquisa.

Nos encontramos unas cuantas veces más, prodigándonos un cordial saludo, cada quien en sus tareas, sin pensar que su vida acabaría en forma tan abrupta y repentina con apenas 28 años.

Este 25 de julio al observar quien era el funcionario caído, lamenté profundamente su muerte. Recordé el aniversario aquel, cuando visitó repetidamente el estrado en compañía de los diversos equipos a cargo de los casos resueltos para recibir la hoja de papel que registraba su participación, mostrando destellos de la que estaba llamada a ser una carrera exitosa como investigador, y comprendí lo efímera y caprichosa que puede ser la vida.

Descansa en paz Luis Alberto.

 

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