El Universal

Carolina, Marcos y yo estábamos cogiendo sol. Teníamos un rato largo echados en la arena y yo me sentía muy bien. Creo que es muy fácil sentirse joven y feliz en la playa. Y junto a Carolina era más fácil todavía. Carolina me miraba sonreída, y cuando yo cerraba los ojos, me echaba el bolso de plástico en la barriga y se ponía a reír. O si no, se te quedaba viendo, y tú no podías hacer otra cosa que mirarla y mirarla hasta que ella te daba la espalda y volvía a echarse en la arena a coger sol.

Así inicia la emblemática novela Piedra de mar (1968) de Francisco Massiani, obra que surgió en el ingenio y cuerpo de Massiani antes de ser escrita, de hecho el propio autor ha confesado que se la contó a Simón Alberto Consalvi, quien acababa de crear la editorial Monte Ávila, y así con el entusiasmo de su publicación, ese día empezó a esbozar sus primeros párrafos.

Massiani no solo es narrador y poeta, también es dibujante, muchos lectores y escritores conservan un dibujo del autor en algún rincón de su casa. Dentro de su obra destacan los títulos Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal (1976), El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes (1971) y Un regalo para Julia (1991). En 2012 recibió el Premio Nacional de Literatura. En su momento, el editor Luis Yslas escribió: “La obra de Pancho -como le gusta que lo llamen- ha sido parte de la formación sentimental y literaria del país desde aquel año de 1968, cuando Piedra de mar apareció con el vigor de aquellos libros que han bebido de las aguas de la eterna juventud. Si hay una palabra que describa con exactitud la huella que ha dejado la obra de Pancho Massiani en los lectores desde hace más de cuatro décadas, ésta podría ser la palabra ‘entrañable'”.

Con Piedra de mar muchos jóvenes inician en el colegio su acercamiento a la literatura venezolana. Sus personajes, Corcho, Carolina, Marcos, Largatija, Julio, José y Kika, siguen aún en la mente de esos jóvenes -hoy adultos- que recuerdan con nostalgia no solo la forma de concebir la vida a esa edad, sino también a esa Caracas de Sabana Grande que poco a poco ha desaparecido.

A pesar de los años, sigue vigente lo que alguna vez José Balza escribió en el prólogo de Piedra de mar en el año 1985: “Tanto el joven como el adulto que recorra estas páginas hallará, en la inmediatez de su vida o escondidos como una dulce serpiente, el malestar y la gloria de ser adolescente”.

Su protagonista, Corcho, cautiva a los lectores con su lenguaje transparente y coloquial. Es un eterno enamorado que sueña con regalar su piedra de mar, que sueña con el amor, con Carolina y Kika. También está el Corcho escritor, ese que le permitió a muchos -hoy escritores- soñar con las letras y la literatura, ese que buscaba nuevas lecturas en la extinta librería Suma: “A propósito de escribir, debe ser dificilísimo para esos pobres infelices hacer una novela. Ahora me doy cuenta. Lo digo a propósito de lo que debe contarse y lo que debe olvidar un escritor”.

Herederos de una tradición

Es indudable que muchos autores venezolanos han seguido y honrado la figura de Francisco Massiani en sus manuscritos, pero dos obras que siguen la estela del vigor adolescente de Piedra de mar son El libro de Esther (1999) de Juan Carlos Méndez Guédez, y Blue Label / Etiqueta Azul (2010), de Eduardo Sánchez Rugeles. En la actualidad es imposible conseguir ejemplares de estas novelas que no han vuelto ser reeditadas en Venezuela, aunque Blue Label acaba de ser traducida al inglés y en los próximos días la editorial Kalathos la publicará en España; también se espera para el próximo año el estreno de su versión cinematográfica.
Ambos narradores venezolanos admiten el influjo de Massiani: “Su influencia en mis primeros libros es bastante notoria y fue algo trabajado a conciencia. Necesitaba dialogar con los libros de ese maestro y ese gran escritor que me deparó tantas horas de felicidad en la adolescencia cuando leía sus páginas en los pasillos del Liceo Urbaneja Achelpohl. Me parece muy agudo que detectes en unos cuantos escritores la huella de Massiani, pero más que hablar de mis propios libros, prefiero hablarte de las historias de este autor. Son historias vivas, con ese brío y esa bruma de la juventud que desarrolla un tipo de lucidez que perdemos con los años. En ellas el día a día es apasionante, penumbroso, fulgurante. Tienen además un tipo de construcción que es muy complicado; el de producir el efecto de la espontaneidad. En concreto, Piedra de mar parece la conversación desenfadada de un muchacho con su grupo de amigos, un grupo al que somos incorporados con gran destreza por la habilidad del narrador. Massiani es grande, y su Piedra de mar es el paisaje de un tipo de juventud, de una ciudad que el tiempo devoró. Esa es otra de las maravillas que nos depara este libro. En él somos los que nunca fuimos, en él caminamos por la Caracas que ya no volverá a ser”, comenta Juan Carlos Méndez Guédez.
Por su parte, Eduardo Sánchez Rugeles, ante la misma interrogante dice: “Fue un referente importante a la hora de articular el argumento de Blue Label. En particular, la segunda lectura, la universitaria, la adulta. Mi primera lectura de la novela de Massiani fue muy escolar, impresionista, apenas recordaba (y recuerdo) algunos pasajes, situaciones concretas, las más escatológicas, pero cuando la releí en la universidad, muchos años después, sí valoré algunos aspectos que, más tarde, fueron esenciales para la construcción de Blue: el moodadolescente, el tratamiento del lenguaje juvenil y el viaje solitario por la ciudad, entre otros”.
Toca volver a releer una novela como Piedra de mar, volver al inolvidable Corcho, que todavía cincuenta años después quiere ser escritor, quiere regalar esa piedra blanca que encontró en la playa, quiere seguir descubriendo Sabana Grande, quiere un amor eterno, quiere probar el jugo del sol y el jugo del mar.
@DulceMRamosR
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