Lo adjudicaron hace tres años con bombos y platillos a la Gobernación. Fue entonces cuando se descubrió que fue denominado originalmente, Hotel Doña Margat.

Lo confiscaron a personas vinculadas con el narcotráfico y vía tribunales se determinó su paso a manos del estado venezolano.

En un determinado momento generó mucha ilusión, entusiasmo que se ha ido diluyendo a medida que pasa el tiempo.

Se pensó que Lizetica podría sacarlo adelante; antes lo hizo con las estructuras herrumbrosas que amenazaban con desplomarse al lado de Gobernación convirtiéndolas en un bello edificio. Con el “Hotel de la Coca”, como lo bautizó el gentilicio deltano, no ha podido.

En el argot de los contratistas le llaman “hueso”, una estructura tan golpeada y disminuida que su recuperación representa un costo mayor que levantarlo que nuevo.

Cuesta creerlo, es de concreto y ese noble material es casi eterno, sino observen el Coliseo Romano.

Ojalá algún día logren darle un uso afín a las necesidades del soberano, imagínense un centro cultural o las dependencias administrativas de una de las  universidades, sería lo máximo.

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