A Dámaso Pérez Sumoza,  In Memorian

 I

Asumió el reto con desprendimiento. Realmente no significaba mayor compromiso, para quien ya venía tomando esta modalidad mediada entre  deportiva y recreación; el trekking, excursionismo, senderismo, andinismo, montañismo y escalada entre otras con la emoción de alguien de mediana edad. Actividad propia de la subespecie hominidae; Homo urbis. Trepar cinco pisos en una construcción de la década de los años cincuenta del siglo próximo pasado, solo serviría como medida enmarcada en los precalentamientos rutinarios de quien pretendía en el futuro mediato escalar alturas de veras vertiginosas para cualquier iniciado en estas lides de despliegue físico y alta demanda de adrenalina.  Por tanto esa mañana nublada y fresca se hizo acompañar de una pareja afín a sus gustos, algo más experta en la modalidad.  Subió, subieron ambos con mucha facilidad y destreza los primeros tramos de una fachada de amplios ventanales con cristales empañados del moho acumulado por los años. La superficie se correspondía con una edificación de sincretismo arquitectónico, entre un modelo neobarroco y art moderno propios de una etapa de transición en la planificación de la ciudad de acogedor clima.

 II

La amplitud de rejas, salientes, barandales y balcones con plantas volubles colgantes, además de enrejados metálicos, eran garantía de sujeción, no significando mayores inconvenientes para avanzar verticalmente. Aun cuando, por momentos hubo de rodear lateralmente amplios espacios de aquella cara de la longeva edificación, que brindaban poca oportunidad de fijar las manos y pies.  El mayor reto significaba entonces, a pesar de la “baja dificultad”, era no disponer de las cuerdas, arnés u otro instrumento para mayor seguridad en la subida. Por tanto solo se valía mantener un permanente contacto de al menos dos miembros – piernas y brazos –  para permitir el desplazamiento del otro u otros miembros hacia nuevos puntos de apoyo y agarre. Era pues, un elemento básico – regla de oro – de conocimiento propio de los escaladores, a tener presente en todo momento. Explicación recibida desde los primeros intercambios y prácticas el primer día de los iniciados en la especialidad.

 III

Todo continúo según lo conversado entre los acompañantes en su emotivo precalentamiento, tal y cual lo venían planificando desde las dos semanas próximas pasadas. Mantenían planteado para luego de estos actos iniciales, dirigirse a escalar las faldas empinadas de la montaña citadina aledaña, para mejorar la actividad cardio vascular. Eso progresivamente, los iría fortaleciendo y ganando horas en el robustecimiento físico y destreza mental para mayores propósitos en lucha por vencer la verticalidad de pendientes agudas en los próximos seis meses.  Así, avanzaron uno, dos, tres, cuatro niveles de la vetusta edificación.  El quinto nivel significaba superficies con menos apoyo para pies y manos y finalmente una amplia reja de escasos ciento cincuenta centímetros de altura por encima de la placa superior y en definitiva alcanzar la meta; la azotea. Cuando su mano rozó y se fijó sobre la primera, herrumbrosa y fuerte barra horizontal, las fuerzas le flaqueaban en todas sus extremidades.  Su compañero logró sujetarse y saltar la estructura metálica y posar soberanamente sus pies en la azotea, exhalando el aire contenido para luego aspirar nuevamente y así hacerlo repetidamente en señal de agotamiento pero en franca recuperación y dando muestra de fortaleza física. Para el otro acompañante, significó percatarse en ese preciso instante, que los espacios entre las estructuras metálicas no le permitirían pasar entre ellas y posarse horizontalmente, rodando su agotado cuerpo sobre el piso de la terraza. Debía en todo caso, emular a su compañero y completar el esfuerzo en superar la barra metálica superior. Miró hacia el piso inferior, procurando ver alguna ventana abierta o balcón a donde regresar a tomar varias bocanadas de aire y recuperarse momentáneamente para insistir, retornar y vencer el obstáculo final; la valla que dominaba el contorno superior de la construcción. Sin embargo no había tal espacio para el reposo, sólo el vacío inmenso lo separaba de la planta baja del edificio de paredes escarchadas por el tiempo.

Ojidu

Tucupita, domingo 21 junio 2.020 (D.C.); año cero del ataque artero a la humanidad.

Solsticio de verano para hemisferio Norte; día más largo del año.

Solsticio de invierno para hemisferio Sur; día más corto del año.

Día del Padre.

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