Especial Halloween: “era ella intentando decir que ya había muerto”

Un silencio invadió todo el internado  de la “Escuela Granja Santa Catalina”. Esa noche hasta los grillos parecieron temer.  Jesús Indriago solo se acomodaba en aquella camilla para evitar herir sus erupciones por lechina. De pronto todo comenzó a cambiar.

Los sábados se celebraban las misas en Santa Catalina, un pueblito con acceso fluvial del municipio Casacoima en el estado Delta Amacuro. Allí funcionó un internado para estudiantes con escasos recursos de comunidades campesinas e indígenas.

Él tenía 14 años de edad, era el más alto de todos los varones, piel blanca y ojos color café, cuando estaba sin camisa, se le podía notar los abdominales definidos, un atributo que llamaba la atención de mujeres  y hasta de hombres.

Esa tarde, por  todo su cuerpo comenzó a brotar pequeñas ampollas blancas, por lo que decidió reportarlo a su maestro guía en el internado. Tras ser observado por una enfermera, le diagnosticaron lechina, y tuvo que quedar bajo reposo en un cuarto de enfermería apartado del dormitorio. Eran las seis y media de la tarde de aquel mes de mayo, apenas comenzaban las primeras lluvias.

Las misas iniciaban a las siete pm, pero hasta las ocho y media de la noche nadie salía de la pequeña capilla apartada del internado, a pocos metros del río.

Todos bajaron hasta la iglesia, y fue cuando Jesús Indriago comenzó a sentirse solo, las voces y las risas de sus compañeros comenzaron a esfumarse a lo lejos. El silencio absoluto se apoderó del internado solo por varios minutos, posteriormente el muchacho se dio cuenta que no estaba solo.

Miraba al techo,  su habitación tenía la luz apagada,  se movía poco para evitar romper las erupciones en su piel, pero un inusual ruido hizo que se levantara extrañado.

Al lado del cuarto de enfermería escuchó voces, estas recorrían los pasillos de pilotines que hasta ahora tiene la institución, pero aquellas conversaciones no eran normales, al menos no para él. Eran sonidos envolventes, que se extendían por todas partes.

Se levantó bruscamente de su camilla y fue a la ventana para intentar descubrir el origen del ruido. Dio cuatro pasos para asomarse y las voces seguían allí. Miró hacia los pasillos y no vio a nadie, fue entonces cuando los escalofríos lo invadieron, retrocedió rápidamente, estuvo a punto de desmayarse, pero ya tenía la cama cerca y  se desplomó allí.

Sintió que su cabeza cobraba más peso. Quiso controlarse, pero quienes le acompañaban, aquellos ruidos, siguieron su curso hasta convertirse en movimientos de pupitres, pasos y pequeños susurros en sus oídos.

Jesús ya había encendido la luz, pero aun así no quería abrir sus ojos, sentía que alguien estaba junto a él en la habitación. Comenzaba a enloquecer;  aquel joven fuerte, el más alto y apuesto del internado comenzó a pedir auxilio, pero los minutos fueron eternos. Sus compañeros y maestros guía todavía estaban en misa.

El grupo regresó tras haber celebrado la palabra de Dios y fue cuando lograron ver a Jesús “vuelto loco”, temblaba, y comenzaba a botar un poco de espuma por su boca.

Se trató de una noche más oscura de lo habitual,  todos aseguraron sentir estar siendo seguidos y vigilados por alguien más.

Ese mismo día, una interna se peinaba frente a un espejo, ya en el dormitorio de las chicas, y de pronto una mujer se asomó tras ella. Lo único que llegaron a escuchar todos fue un ensordecedor grito.

Cuando fueron a ver lo que ocurría, ella estaba desmayada, apenas volvía y lloraba desconsoladamente.

Justo al otro día llegó la noticia desde Tucupita que una joven, quien previamente había solicitado reposo médico, ya había muerto.

“Era ella intentando decir que ya había muerto”, coincidieron sus compañeros mientras lloraban.

 

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