Especial Halloween: hasta que la muerte los haga reaparecer

Lo que ahora es la avenida San Cristóbal en Tucupita, era una zona boscosa, llena de árboles de cacao, jobos, lechero y chaguaramas. Apenas lograba verse, entre estos montes, la barraca de la señora Ana, una de las primeras habitantes de esta zona.

De la taza de café se desprendía el humo que se confundía con la neblina de aquel enero. Se bebió el primer sorbo y se dispuso a leer la biblia. ¿Serían las cinco y media de la mañana? Ana no lo sabía, nunca tuvo reloj para relatar los minutos aterradores que le tocó vivir.

Se sentó en su sillón de mecer frente a su casa de zinc, que apenas daba a un camino de barro, por donde pasaban algunos vecinos muy esporádicamente.

Tomó la biblia, ojeó los versículos que ese día leería, pero una pareja de casados la interrumpió desde lejos. Ellos, bien vestidos con los típicos colores para este tipo de eventos.

¿Ellos entre el barro? Se preguntó Ana, quien conocía muy bien los protocolos tradicionales de casamientos.

El hombre y la mujer avanzaron y justo al frente de la señora de 70 años de edad, se detuvieron a saludar.

  • Buenos días, qué bueno que nos acompañe por acá, dijo el hombre.

Ana, muy extrañada, porque solo ella habitaba aquellos sitios invadidos por malezas, respondió.

  • Buenos días.

Volvió  a abrir la biblia y no le prestó atención a la pareja. Giró su mirada a las escrituras, pero cuando lo hizo, esta tenía salpicaduras de sangre. Ella sintió un leve mareo y lanzó el libro al suelo, se levantó de la silla rápidamente, pero su falda larga lo impidió y estuvo a punto de caerse.

Su corazón, tras haber palpitado durante al menos 70 años, estuvo a punto de fallarle. Se persignó y fue lo que de pronto la calmó.

Se asomó tras la pareja y estos estaban de regreso, esta vez ensangrentados, sus pies no tocaban el piso, parecían estar levitando.

  • Ayuda, ayuda, aquí, aquí, gritó Ana y finalmente se desmayó.

Recuerda haber visto a un señor de unos 42 años de edad, blanco y calvo, salir de unos matorrales, él estaba descalzo, pantalones de gabardina y franela blanca.

  • Yo estoy ahorcado en aquella mata,  y señaló hacia varios árboles, desapareciendo entre la nada; Ana estaba por volver en sí, mientras uno de sus nietos le echaba agua en la cara.

Pero no todo acababa, no para ella.

Detrás de su nieto que intentaba reanimarla, allá, parados, solo ella podía ver a la pareja ensangrentada. Ellos tenían ojos morados y labios pálidos.

Ana volvió a perder el conocimiento.

“Solo queremos una misa, pedimos tu ayuda, la muerte nos separó” dijo el hombre casado a Ana, mientras estuvo desmayada.

Cada día de los difuntos los nietos de Ana (+) ofician misa a las ánimas de la Av. San Cristóbal.

 

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