Especial Halloween: sus ojos malignos siempre estuvieron vigilándonos

Los tres corrieron por los encharcados caminos de Araguaimujo, desde La Gruta hasta el sector Arriba. Daniel, uno de los muchachos que se había emparrandado también, tuvo que quedarse en casa de sus amigos para evitar más tragedias.

El generador eléctrico encendió sin problema y en cuestión de segundos la localidad que está en el Delta Medio, y donde se mata bastante mosquito, tenía luz.

Nelson y Alejandro celebraban el poder tener energía eléctrica en casa y se dispusieron a ver la televisión. No conformes con el aburrimiento, entre ellos se convencían de que debían salir a bailar con sus novias en lo que se conocía como, “la pista de baile”.

Minutos más tarde se despedían de la mamá en el sector Arriba, mientras ambos hermanos estrenaban un mismo perfume con el que intentarían acaramelar a sus chicas.

Cerraron la puerta de madera y fueron caminando hacia el sector La Gruta, una zona no tan apartada de la pista de baile, donde los enamorados acudían para verse con frecuencia.

¿Habrían avanzado unos cien metros hasta la casa del policía? Allí, justo al lado de ellos, en el río, los sorprendió un hombre de tez oscura, sombrero de bora y sin camisa. Él halaba el canalete y se deslizaba con mucha lentitud, los chicos lo saludaron para intentar ocultar su temor, pero este no los vio a sus caras, tampoco respondió y siguió. Ya eran las 9:30 de la noche.

Pero la música los esperaba. Al fondo, los temas musicales de ese año 2015 les hizo retomar su ánimo, mientras los sensuales movimientos de las jóvenes apenas calentaban la noche.

Daniel, uno de los amigos de los hermanos también estaba en la rumba, y tan pronto vio a Nelson y Alejandro, les preguntó:

  • ¿Y la que venía con ustedes?
  • No, más nadie vino
  • Ah ok, pensé que también se la habían traído
  • ¿A quién?
  • Ja, ja, ja, la botella compas, ¿se van a poner con esa?

No les pareció gracioso a los hermanos, quienes aún no lograban simpatizar del todo con la fiesta.

Ya a las 12 de la noche, cuando todos comenzaron a regresar a casa, los tres  apenas se despedían de sus novias, se preparaban para recorrer varios minutos de caminata para acostarse.

Caminaron por los patios de unas 40 casas, sobre una acera resquebrajada, la luna de abril los ayudaba a guiarse entre los sitios oscuros donde no habían bombillos.

Finalmente lograron pasar La Hacienda, un lugar que fue un cementerio en alguna oportunidad, lleno de matas de plátanos, castañas y de cacao. Les extrañaba la ausencia de los perros. Recorrieron un lugar descubierto de árboles frente al río y vieron sus tres sombras en el agua iluminados por la luz, se movían como gelatinas humanas.

La casa pareció haber cambiado de lugar, porque sintieron que ya habían recorrido bastante, sin embargo, no llegaban.

Segundos después, a sus espaldas, allá, desde lo que fue un cementerio, dos perros comenzaron a ladrar a por ellos. Eran rugidos de caninos que los confundían, era tan así, que los chicos sintieron que estos también eran perseguidos.

Los tres corrieron por los encharcados caminos, pero los dos perros parecían alcanzarlos. Daniel, Nelson y Alejandro lograron subirse a un árbol de tapara, pero el susto terrenal cambió a un temor desconocido en cuestión de segundos.

Los perros parecían ladrar a alguien más, un ser que aparentemente iba siguiendo a los muchachos, y que logró ahuyentar a los animales hasta más adelante.

Todos bajaron de la mata y corrieron despavoridos a casa.

La puerta de madera estuvo a punto de ser derribada, mientras pedían que les abrieran los más rápido posible.

Todos entraron y evitaron contar lo sucedido, solo se limitaron a decir que estaban asustados. Todos creían haber entrado solo.

Daniel tuvo que quedarse en casa de sus amigos. Para él, fue colgado un chinchorro en un cuarto distante al resto de la familia. Nelson y Alejandro intentaban calmarse todavía, cuando al fondo de su casa Daniel gritaba:

  • Él está aquí, él está aquí, tiene ojos blancos y quiere que vaya con él.

 

Esta historia no fue terminada de contar porque sus protagonistas no quisieron seguir relatando lo que aconteció con ellos en los consecutivos días.

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