20 DE SEPTIEMBRE DE 2018 12:02 AM

Rafael Rattia

A la luz de toda constatación, a través de estruendosas evidencias empíricas y subjetivas, una cantidad significativa de venezolanos ha optado por una existencia exiliada como única opción para sobrevivir al holocausto social y económico que se cierne sobre nuestra esquilmada y depauperada nación. Dolorosas imágenes se alojan en nuestras bóvedas craneoencefálicas como punzantes aguijones existenciales de desgarradoras resonancias éticas y psicológicas.

Imágenes de centenares de jóvenes, profesionales, técnicos, con estudios de posgrado, o sin ellos, cruzando fronteras terrestres, marítimas, fluviales y aéreas rumbo a los más disímiles destinos geográficos del orbe. Buscan desesperadamente ponerse a salvo de la hambruna que ha instaurado la “revolución” socialista en tierras otrora libertarias y dadoras de emancipación continental.

Emigran ansiosos de escapar del desasosiego en que la terrible lógica obsidional ha subsumido a todo un país en desconcertantes “corralitos financieros, monetarios y fiscales”, que impiden el libre desarrollo de las plenas capacidades morales e intelectuales de la población económicamente activa de nuestro desvencijado país. El segmento profesional que más sale del país es el del sector de las ciencias de la salud: médicos, enfermeras, bioanalistas, odontólogos, en todas sus especialidades, abandonan todo: casa, familia, bienes, afectos, proyectos, anhelos y aspiraciones para expatriarse voluntariamente y plantar vida en cualquier lugar, con tal de huir de la enfermedad y la incertidumbre que ha inoculado la “revolución” en los más discretos intersticios de la sociedad venezolana.

A los profesionales de la salud les siguen los profesores y maestros, y demás trabajadores de la educación. Se marchan los docentes más altamente calificados, los que tienen una muy respetable cualificación académica y profesional; aquellos que ostentan títulos de doctorado, maestría y especialización son los profesionales más sensibles y proclives al exilio voluntario.

Continúan el largo e interminable trayecto rumbo a incognoscibles horizontes geográficos y culturales los ingenieros y arquitectos, jóvenes y no tan jóvenes, poseídos por un sentimiento de una inenarrable angustia proveniente del inmenso descalabro moral que recorre al país de cabo a rabo. Y así sucesivamente, no va quedando ni un solo sector sociodemográfico que no haya sucumbido al terrible guiño del destierro forzoso o elegido.

En medio de la zozobra social y psicoexistencial, y de la desesperanza económica quedamos, por distintas razones, quienes optamos por el exilio interior como forma de resistir a la maleada institucionalización del terror y el espanto; resistimos a la muerte al ralentí que el Estado totalitario implanta por doquier en el seno de la familia y la escuela con su implacable maquinaria propagandística e ideológica de adoctrinamiento social generalizado de la población. Aún quedamos quienes nos negamos a positivizar (legitimar) la debacle axiológica y la hecatombe cultural de una nación que se niega a morir del todo en los pudrideros de la historia.

Somos los portaestandartes del disenso social y político; somos las agónicas voces de la irreverencia heterodoxa que se niega a aplaudir y celebrar el asesinato en masa perpetrado por un Estado social fascista que aniquila y borra de la faz de su territorio toda herejía, toda manifestación de disensión ontológica.

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