Félix Adam: el gran educador venezolano padre de la andragogía en Venezuela

Cuando un profesor nos marca

Hasta aquella noche no había oído hablar de la Andragogía, y me enteré que era una “nueva concepción” que se define como la rama de las ciencias de la educación especializada en la enseñanza de adultos

RICARDO GIL OTAIZA

14/06/2020 05:00 am

Hace ya casi 22 años entré con reticencias a cursar una maestría. Y digo “con reticencias”, porque estaba cansado de asistirle a clases a docentes prepotentes, autosuficientes, que se creían el ombligo del mundo, que sabían ostentar el poder de la nota y hacían de dicha circunstancia un remedo de autarquía. Por cierto, ingresé al programa azuzado por mi esposa y me dio la estocada final el coordinador, quien me abrió las puertas de la cohorte a pesar de tener unas semanas andando. Debo aclarar que ya para entonces tenía mucho recorrido como profesor universitario, y estaba tan curtido y curado de espantos, que por donde quiera que metía la cabeza me topaba con la misma cuadratura, con la misma rigidez y medianía, y salía huyendo por la derecha.

Una noche asistí a mi primera clase que correspondía a una asignatura denominada Educación para Adultos. Debo confesar que desde el primer instante aquello para mí fue un choque de trenes, porque era la antítesis de lo que hasta ahora había visto en el contexto universitario. El profesor se llamaba Andrés Armando y era para entonces un hombre muy joven (30 años) y yo le llevaba unos pocos (hasta podría decir que éramos de la misma edad), pero de él emanaba un carisma tal y una autoridad ejercida sin autoritarismos y con tanta audacia, que era un gigante en el salón. Su desenvoltura en el aula, su horizontalidad, su participación y su sinergia para con nosotros, eran unos verdaderos portentos y cambiaron por completo, no digo yo mis esquemas docentes, sino también los mentales.

Hasta aquella noche no había oído hablar de la Andragogía, y me enteré que era una “nueva concepción” que se define como la rama de la ciencias de la educación especializada en la enseñanza de los adultos, y que su padre era el gran educador venezolano doctor Félix Adam (años después conocería a su hija, la doctora Elena Adam de Guevara, quien hoy me honra con su amistad y cariño). Andrés era el vivo ejemplo en el aula de lo que es ser un docente andragogico. En otras palabras, su prédica (por llamarla de alguna manera) no era teórica, ni impositiva, sino que su actuación, sus esquemas, sus técnicas y sus maneras de conducir el proceso dentro del aula, eran un extraordinario espejo en el que nos veíamos reflejados y deseábamos imitarle.

Debo confesar que su desempeño docente fue de tal impacto en mi carrera docente, que lo podría definir como un punto de quiebre que marcó en mí un antes y un después. Andrés era un docente muy exigente, pero tales exigencias se hacían sutiles frente a una dinámica envolvente, nutritiva, enriquecedora, que hacía de cada uno de nosotros piezas claves dentro de un engranaje tan bien sincronizado y tan perfecto, que atrás quedaban las viejas investiduras para hacer de nosotros personas ganadas a la emersión del conocimiento, y a la transformación de la vida de nuestros estudiantes.

No sé qué habrá sido de la vida del profesor Andrés Armando, jamás volví a verlo (años después tuvimos cierta interacción por la vía del correo electrónico, pero eso de pronto cesó). En donde quiera que esté quiero que sepa que en mí creó a un nuevo docente universitario, que su figura crece con el tiempo, así como también mi agradecimiento por todo lo que en nosotros sembró y que dio sus frutos. Ambos nos hicimos mayores, y si en algún momento volvemos a vernos, me gustaría sentarme a conversar como lo hacen dos viejos amigos que tienen mucho que contarse.

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