¡Feliz confesión!, por Pompilio Monroy Perales

Estoy contento y satisfecho por mi buen vivir. Lo vivo, disfruto y aprovecho a plenitud desbordante. ¿No ven mi porte ufano, mi rubicundo rostro, rozagante y seráfico, de niño recién amamantado que refleja goce profundo placentero en el regazo materno? ¿No le ven?

Es que no me falta nada, lo tengo todo, mejor dicho, casi todo. Ergo, estoy a punto de alcanzar la máxima felicidad posible en la tierra, claro, como paso previo para lograrla también en el cielo.

Yo me lo merezco, igual que mis ka ka maradas. ¿Acaso no semos los predestinados redentores del universo todo? ¿Alguien –tal vez y sin tal vez- se atreve a dudar -¡oh sacrilegio impío!- que tenemos al Señor bien agarrado por su luenga barba enmojecida? (“La religión es el opio de los pueblos”, pontificó el maestro, ¡amén!).

Se ha probado y comprobado que semos superiores, muy superiores a Cristo, Don Quijote y Bolívar juntos y revueltos, encabritados y retrecheros. Es que nosotros semos arrechos, mano. El padrecito Lenín es otra cosa, aunque somos la misma vaina, dictaminó tío Raúl, a mucha honra.

Sólo los escuálidos apátridas pitiyankis, a quienes el florentino tiene reservada una paila infernal muy especial –donde si hay aceite para freír cabezas- no reconocen esta verdad absoluta y eterna, inmanente y transcendente per sécula seculorum. Esos malvados son sordos, que no escuchan los alaridos de felicidad popular; ciegos, porque no ven las sobras, digo, las portentosas obras del proceso; y, además, son brutos brutísimos de nacimiento.

Hay que echarle la culpa genética de estos desadaptados, que aún existen, por ahora, al componente ibérico del mestizaje, principalmente a Colón y sus compinches; y también al huevo de Colón, ¿qué te crees tú, ignorante?

Lo “Otro”, es invención maligna de serviles sociólogos imperialistas, renegados que se echan de izquierdosos, pero sólo quieren internet, tv, celulares, hot dog, aire acondicionado, ice cream, servicios públicos eficientes y demás fruslerías enajenantes. Pero que se confíen los muy pilluelos; ya estamos cumpliendo, rodilla pelada en tierra, la misión exterminio contra ratas, ratones y ratonas, que son lo que ellos son.

¿Aprecian los lectores como soy un hombre nuevo, nacido, criado y formado por insignes comuneros en las instituciones educativísimas de esta transición revolucionaria? ¿Lo aprecian?

Luego continuaré con estas confesiones, mejores que las de San Agustín, Juan Jacobo, Kissinger, el señor Smith, si  me permiten publicarlas…

¡Soy un hombre feliz, bien contento y satisfecho de mi buen vivir viviendo con el socialismo jodiendo. Por algo me llamo y firmo FELIZIANO!

 

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