Francisco "Paco" Garcia recibe un reconocimiento de Francisco Salinas, otrora presidente de la Federación venezolana de fútbol de salón

La foto que observan, parte del prodigioso baúl de los recuerdos del sempiterno presidente honorifico del fútbol de salón deltano, Luis Domínguez, es histórica.

Denota uno de los tantos reconocimientos que un grande del futbol, cuya carrera con el Real Madrid –sí señor, con el Real Madrid de primera de la Liga española- se vio truncada pronto por una lesión de los meniscos, recibió en el marco de una agitada vida consagrada al balompié.

Para la década del 50, cuando “Paco” García, a quien apodaban “Marshall”, posiblemente por su parecido con una estrella del séptimo arte, se lesionó los meniscos, estos no se operaban. Allí culminó abruptamente la carrera de un virtuoso que era titular habitual en el equipo más reconocido del mundo, despidiéndose para siempre de las canchas.

La definición de meniscos de Wikipedia, “fibrocartílagos que rellenan los espacios comprendidos entre las superficies  articulares  del cuerpo, y poseen la función de estabilizar la  articulación y servir de «tope» para los movimientos exagerados de la misma, absorbiendo el impacto de choque entre las superficies articulares, aumentando la superficie de contacto”, denota su importancia. Su daño retiraba inmediatamente a cualquier deportista.

Desde que abandonó el fútbol activo se hizo, por deber y por derecho entrenador y promotor deportivo, recorriendo varios países de América.

Para fortuna nuestra, fue en el Delta donde por los 80 descolló, lográndolo con una disciplina con poco tiempo de fundada formalmente en Tucupita, como lo fue el “futbolito”. Cuando penas nacía, “Paco” le inyectó el plus de competitividad y calidad que necesitaba.

Logrando el valioso respaldo de patrocinantes de la categoría de la atunera “Eveba”, y trayéndose a los mejores jugadores del país, algunos ni siquiera conocidos por los seleccionadores nacionales de la disciplina, armó la mejor versión de un Real Madrid tropicalizado.

Durante aproximadamente un quinquenio, no hubo quien le hiciera sombra, elevando con las ansias de derrotar a su divisa, el nivel del futbol de salón deltano.

Cuando un equipo se le acercaba o le propinaba una derrota, no paraba hasta conquistar sus mejores talentos para llevárselos consigo; todos los prospectos deltanos se uniformaron aunque solo fuera una vez, con alguno de sus quintetos.

Tanta dedicación le supuso una merma empresarial y vio como los negocios que regentaba fueron secándose. Un golpe de mala suerte hizo que varias de las empresas auspiciantes bajaran la santamaría en la zona, y cerraran el grifo de los recursos.

Una triste mañana, sin avisar a nadie, dejó Tucupita, abandonándola para siempre.

En Monagas, quiso repetir su égida deltana, pero se le achicaron los espacios. Nunca pudo repetir el fenómeno que significó en y para el Delta en el ámbito deportivo.

Una penúltima y provisional estadía en Caracas, y su posterior deceso en su adorada Madrid, significaron la partida espiritual de este mundo.

Atrás quedaron la memorable victoria en el gimnasio cubierto de Tucupita ante la selección nacional, que no había perdido un solo partido en su recorrido por el país, y los innumerables triunfos, que con su amada casaca de España, obtuvo en cuanto torneo regional se efectuó.

Un hombre tan apasionado, que se hacía sangre en la piel con las uñas a raíz del nerviosismo en medio de los encuentros, sin ni siquiera darse cuenta de ello.

Luis Domínguez lo rescata ocasionalmente del baúl de los recuerdos y nosotros lo rememoramos.

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