Fotos: José Ruíz, para Tanetanae.com.

Cada plato de domplina, arepa asada más un pescado frito, vale 50 mil Bs, unos dos dólares al viernes 8. 11.19.

Ángela Rojas, «alias» la negra – como ella misma se da a conocer- es todo un personaje. Conversar apenas cinco minutos con ella, mientras se degusta de un exquisito pescado frito al aire libre, es estar con una madre más. Tiene 35 años trabajando vendiendo comida.

Su vehículo ha sido una bicicleta «repartera».  

A los 30 años de edad, comenzó a trabajar en lo que hoy le gusta, la llena y la hace feliz. La negra comenzó a vender pescado frito en el lugar donde ahora está la imagen de la Virgen del Valle, al sur de Tucupita. Cuando Teodoro Petkoff arribó en alguna oportunidad a la capital de Delta Amacuro, le entregó cuatro láminas de zinc y fue así como empezó la actual leyenda llamada: «la negra de Ataguía».

Pero el entonces gobernador de Delta Amacuro, Emeri Mata Millán,  también tuvo su cuota de responsabilidad, porque logró ayudar a la negra, cuando esta ya se había mudado a lo que ahora es Ataguía.

«Emeri me acomodó eso, porque yo vi eso desocupado y abandonado y medio lo limpié y allí comencé a vender pescado frito», cuenta la negra. Hablar con ella es todo «un vacilón» como dicen algunos jóvenes de Venezuela, para hacer referencia a que es una persona jovial, echadora de broma y muy buena gente.

Ángela Rojas vendió pescado frito por más de 30 años en Ataguía. Cientos de personas la conocen y han probado su sazón: funcionarios, gobernadores, alcaldes y gente «de a pies». Con su trabajo logró levantar y sacar adelante a sus siete hijos. Permaneció 28 años junto a su pareja, y aunque también ofreció detalles de su vida amorosa, omitiremos revelarlo. De pronto en alguna  oportunidad Tane tanae lleve adelante algún tipo de proyecto al respecto.

La negra cuenta que, un día, mientras aguardaba que el aceite calentara en la sartén, sufrió un accidente y todo ese líquido cayó sobre ella.

«Mira, todo ese aceite agarró todo mi pecho hasta tú sabes dónde y bueno, no me quedó ni un pelo por allí», relata la negra muy seria.

La señora Rojas vive en Volcán, tiene una buena casa amoblada, todo lo obtuvo trabajando, un espíritu que hasta ahora la acompaña, mientras se recupera de una enfermedad que la mandó a cama por más de dos meses.

Cuando la negra regresó a Ataguía, a hacer lo que más le gusta: trabajar, se topó con una lamentable realidad. Personas desconocidas habían logrado sustraer todo su material de trabajo: bombonas, ollas, platos, cubiertos y toda la infraestructura estaba devastada. Fue el golpe más severo para ella en sus 35 años de trabajo.

Ahora, la negra está en Carapal de Guara, pero mañana podría estar de regreso a su querida Ataguía, cuando, de pronto, algunos organismos supongan que la actividad gastronómica y turística que adelantó Ángela Rojas, valga la pena.

Ella quiere regresar a Ataguía, pero para eso, pide la ayuda de la alcaldesa de Tucupita, Loa Tamaronis, para un abordaje de limpieza y establecer un acuerdo con los indígenas que han tomado buena parte del terreno, que fue un lugar para degustar los platos típicos del Delta.

«A mi me gusta trabajar, y mientras pueda hacerlo, siempre lo haré. A mi no me gusta pedirle dinero a mis hijos, me gusta echar adelante por mí misma», dice la señora Ángela Rojas,  «alias» la negra, como insiste en llamarse.

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