Sólo vivió 34 años (17 de febrero de 1836  Sevilla – 22 de diciembre de 1870 Madrid), se trata del poeta español Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, perteneciente al movimiento del Romanticismo y mejor conocido como Gustavo Adolfo Bécquer.

Su idea de la lírica la expuso en la reseña que hizo del libro de su amigo Augusto Ferrán «La soledad»:

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.

Hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia en Sevilla donde estudió humanidades y pintura. En 1854 se trasladó a Madrid para hacer carrera literaria, pero la suerte le fue adversa. Tuvo un proyecto de escribir Historia de los templos de España y también fracasó, apenas logró publicar un tomo años más tarde. Para poder vivir se dedicó al periodismo y hacer adaptaciones de obras de teatro extranjero, principalmente del francés, en colaboración con su amigo Luis García Luna, quienes adoptan el seudónimo de <Adolfo García>. Durante 1868 en Sevilla, estuvo nueve meses en cama padeciendo de tuberculosis, aunque algunos de sus biógrafos hablan de sífilis, pero la idea siempre de estos escritos es decantarnos por las mejores vivencias de nuestros personajes. Su hermano Valeriano siempre estuvo a su lado durante la convalecencia del poeta, y en la cual publicó su primera leyenda, El caudillo de las manos rojas, y conoció a Julia Espín, según ciertos críticos la musa de algunas de sus Rimas, aunque durante mucho tiempo se creyó erróneamente que se trataba de Elisa Guillén, con quien el poeta mantuvo relaciones hasta que ella lo abandonó en 1860, inspirándolo en sus más amargas composiciones.

En 1861 se casó con Casta Esteban, hija de un médico, con la que tuvo tres hijos, pero nunca fue un matrimonio feliz, y el poeta siempre se refugiaba con su hermano Valeriano cuando éste se iba a Toledo a pintar. La etapa de 1861 a 1865 fue la más fructífera del poeta, años en los que compuso la mayor parte de sus Leyendas, escribió crónicas periodísticas y redactó las Cartas literarias a una mujer, donde expone sus teorías sobre la poesía y el amor.

Bécquer demuestra ser un prosista a la altura de los mejores de su siglo, pero es de superior inspiración e imaginación y un maestro absoluto en el terreno de la prosa lírica. Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, su hermano Manuel, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Damaso Alonso, entre otros, lo han considerado como figura fundacional, descubridora de nuevos mundos para la sensibilidad y la forma expresiva. Aquí les dejo una de sus más famosas.

 Rima LIII

 I

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas… no volverán!.

II

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día…

¡esas… no volverán!

III

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar, …

como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!

 

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