Baba o caimán de anteojos | Foto: archivo.

Saltó al agua para desenredar una red trabada entre palos  y malezas acuáticas, segundos después oyó extraños chapoteos. Él seguía metido en el río mientras sus piernas pedaleaban para mantenerse flotando.

El hombre de 38 años de edad equipó, junto con un amigo, una curiara y una red de pesca. “Hoy nos comemos unos pescaítos”, le dijo a su esposa antes de zarpar al anochecer.

Caminó por el puente de su palafito en Guayo,  selva deltaica, hasta el puerto.  Recorrió unos quince metros, se embarcó en la canoa y ambos comenzaron a remar caño abajo, allá muy cerca del océano Atlántico.

Llegaron a una zona donde abundan los morocoticos y los bagres. Tomaron la red de pesca y comenzaron a echarla al río. Uno lo hacía en la parte delantera de la curiara y el otro en su lado posterior. “No había luna”, todo estaba oscuro.

La curiarita avanzaba mientras “el tren” tejía el agua. Pero hubo una traba, todo se detuvo,  la red no quiso abrirse más, se había enredado con malezas de agua y palos secos.

Uno de los amigos, el que había pasado el día sin comer, decidió  lanzarse al río aunque tenía frío. Comenzó a desenredar la red, pero una gran parte estaba entre montes silvestres y hojas secas, él pedaleaba. Solo su cabeza permanecía seca, fuera del agua, segundos después algo más lo acompañaría en el río.

Unos colmillos filosos clavaron una de sus piernas.

  • ¡Un caimán, un caimán!, gritaba el hombre mientras movía sus piernas para intentar soltarse del reptil. Agarraba con fuerza la curiarita y su amigo intentaba darle con un palo al animal que se movía violentamente como para arrancarle la pierna al hombre.

Con surte, el caimán de anteojos (Baba en Delta Amacuro) soltó las piernas del muchacho sin crearle daños severos.

Era nomás una “babita”. El herido fue trasladado al centro de salud de Guayo, pero las carencias médicas lo obligaron viajar a Tucupita para recuperarse del ataque. Esa noche no pescaron nada, uno de ellos fue pescado, esa noche él volvió a tener hambre.

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