Hormonas

Sus pasos se fueron desacelerando  entre la tumultuosa acera, se habían capturado a lo lejos y ambos se dejaron llevar por una fuerza que no les importó conocer, pero que sí sintieron  aquella mañana.

Con bolsos tricolores a cuestas, estuvieron cerca. Escondían sus sonrisas entre curtidos tapabocas. ¿Qué habrá  sido aquello que por segundos les instó acomodarse el cabello soleado por los mismos caminos carentes de transporte?

Algunos los tropiezan con más violencia, otros, son cómplices. Ellos siguen en el centro de una mañana que comienza a calentarse. Los autos pitan a su alrededor, confundiéndose entre los alaridos gritos  desesperados de bachaqueros que todavía no venden nada.  Ese mundo para aquellos no existe.

Ahora posiblemente ya se han saludado y,  temblorosos en principio, entablan una conversación, que sorprende a sus más cercanos. Varios pasos después, voltean a mirarlos, unos reirán, otros tendrán otras muecas. Solo el tapabocas lo sabe.

Se arriesgan esta vez y desnudan sus sonrisas entre sí; hay nervios notorios que obligan a ocultarlo mirando hacia el suelo y dibujando con cholas viejas invisibles, rayas en la rústica acera de la calle Pativilca de Tucupita.

Hay más seriedad a medias, que todavía no convence a su par, que mira a todos lados y  por segundos se da cuenta de los pitos de los autos, los gritos de los bachaqueros que todavía no venden nada. Pero regresa a su mirada. Quiere entregarse, aunque algo no permite que nada ocurra.

Los sorbos jamás habían sido tan contemplativos. Los he estado mirando a través de un cristal. Yo he acabado mi café y he debido marcharme. Ellos apenas comienzan todo.

Tucupita, abril de 2021.

 

 

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